En Colombia es imperativo resaltar la labor de aquellos pocos colombianos que están innovando y generando valor con base en la creación genuina de conocimiento.
El año pasado resalté al Instituto Neuro Cardio Vascular, Corbic, de Medellín, una de las empresas auténticamente innovadoras, que realizó la primera angioplastia robótica en el mundo y que tiene patentes propias. En esta ocasión quiero resaltar a Ecoflora, otra empresa de Medellín que está innovando, comercializando y licenciando productos de alto valor agregado derivados de la biodiversidad del país en forma sostenible y justa. Fundada en 1998 por Jorge Eduardo Cock Londoño y Nicolás Cock Duque, esta empresa utiliza, en forma ética y sostenible, más de 30 especies botánicas y vegetales, para producir alimentos, cosméticos, artículos de cuidado personal, colorantes, fungicidas, insecticidas, entre otros, con cadenas de suministro sostenibles, con modelos de negocios inclusivos, con certificaciones en biocomercio justo y equitativo y respetando la biodiversidad nativa y endémica y a las comunidades indígenas. Sus productos provienen de diferentes plantas de Colombia, estableciendo cadenas de suministro y acuerdos de compromiso con las comunidades locales.
Uno de los lemas de esta empresa ha sido que el laboratorio no es su mundo, sino que “el mundo es nuestro laboratorio”. Con esto, sus directivos han entendido que su punto de referencia no puede ser sólo el estrecho marco del departamento o del país, sino, literalmente, el mundo entero. Y, para actuar exitosamente, han encontrado necesario hacer dos cosas. Primero, crear conocimiento genuino, realizando innovación de primer nivel. Para ello establecieron un sistema de gestión de la innovación desde 2007, crearon y trasladaron su equipo de investigación, desarrollo e innovación a la Universidad de Antioquia, establecieron acuerdos con multinacionales y empresas de talla mundial y crearon Biointropic, un centro de excelencia en biodiversidad y biotecnología. En segundo lugar, fueron conscientes de que tenían que asociarse con un gran jugador local para entrar a los Estados Unidos. Con la colaboración de la Escuela de Negocios Sloan, del MIT, estudiaron la mejor estrategia y, finalmente, decidieron asociarse con un productor de pesticidas, que resultó ser Gowan, el mejor socio entre las grandes corporaciones globales.
Esta empresa está demostrando que, si queremos ser alguna vez un país desarrollado, es necesario desarrollar una cultura de la innovación y que las universidades deben ser los grandes aliados y actores centrales del desarrollo empresarial. Pero, también, su experiencia muestra que las unidades de gestión y transferencia tecnológica de nuestras universidades son o inexistentes o muy débiles, que se necesitan buenas métricas y más incentivos a la innovación para nuestros investigadores, que hay que hacer alianzas y que tan importante como el “qué hay que hacer”, es el “quien lo está haciendo”. También han aprendido que el verdadero valor reside en los activos intangibles, como las patentes, los secretos industriales, las capacidades de innovación y las alianzas. Por el lado positivo, empresas como Corbic y Ecoflora señalan que Colombia puede lograr innovaciones tecnológicas de talla mundial, pero, por el negativo, estas experiencias exitosas muestran que, si nos quedamos quietos, si no patentamos, otros lo harán y se quedarán con el verdadero valor que debería ser nuestro. Colciencias y las entidades del Gobierno deberían estudiar y aprender de estos pioneros de la innovación colombiana, que hoy son muy pocos. Cuando tengamos quinientas empresas de estas, seremos el país desarrollado que anhelamos.