CANCÚN, MÉXICO. A pesar de la aparente tranquilidad que proyecta la industria del turismo a lo largo de la llamada Riviera Maya, un lugar tan distinto al Distrito Federal o a los estados del interior, se palpa el desconcierto reinante entre los intelectuales y analistas sobre el presente y futuro de este país.
Aunque por segunda vez, la fuga del Chapo Guzmán fue el granito de arena que precipitó el derrumbe de unas narrativas que, durante mucho tiempo, dieron, si no certeza, sí cierto orden, coherencia y hasta tranquilidad sobre lo que es y se podía esperar del país hacia el futuro.
Porque al Estado y a los gobiernos de México siempre se los han criticado en términos muy duros. Se ha dicho, por ejemplo, que, durante las largas décadas de los gobiernos del PRI, tuvo una dictadura perfecta, como la definió Vargas Llosa —para escándalo de Octavio Paz— y que, consistente con esta visión, su democracia fue de papel, prevaleció el clientelismo y el amiguismo, y en todos los niveles de Gobierno la corrupción alcanzó niveles inverosímiles.
Pero, a pesar de dichas críticas, parecía existir consenso en un punto: había Estado. Y, por ello, se entendía un Estado central que tenía el monopolio de la violencia legítima sobre todo el territorio.
Hoy día, el poder del narcotráfico ha roto paradigmas y ha creado desconcierto. Hay quienes argumentan que siempre ha habido Estado, pero el poder del narcotráfico ha sido tan gigantesco que, para un país como México, le queda imposible enfrentarlo sin ayuda de la comunidad internacional. En consecuencia, la política a seguir sería legalizar las drogas y, por esa vía, debilitar el narcotráfico. Esta es la posición que ha defendido, entre otros, el excanciller Jorge Castañeda.
Por otro lado, en su última columna de El Universal, Christopher Domínguez Michael adopta la posición de Alan Knight, el historiador británico de la Revolución Mexicana, quien argumenta que ese Estado omnipresente que se creyó durante décadas no fue mas que un “Leviatán de papel”, un gigante con pies de barro, que históricamente fue incapaz de hacer lo mucho que les hacía creer a sus gobernados que era capaz de ejecutar. Según el profesor de Oxford, el Estado mexicano fue mediocre como creador de crecimiento económico y de justicia social, y con una capacidad de fuego igualmente mediocre cuando tuvo que enfrentarse a un enemigo de verdad, como el narcotráfico y sus bandas homicidas.
Cuando de este argumento uno esperaría que la política sugerida fuese, precisamente, fortalecer el Estado, la prescripción de Domínguez es la misma de Castañeda: el enemigo es más fuerte y esta guerra se perdió. Toca olvidarse de la confrontación y la política de Estado debe ser la despenalización de las drogas.
En Colombia, Pablo Escobar se escapó ya hace más de 20 años, pero solo los insensatos pueden creer que el narcotráfico dejó de ser un serio problema. Por ejemplo, en viaje reciente a mi tierra, Nariño, analistas serios e imparciales me contaron alarmados de la inmensa expansión del número de hectáreas sembradas de coca en los últimos años. Según ellos, mientras continuen los cultivos ilícitos y la producción de cocaína, existirán grupos armados protegiéndolos y lucrándose de los negocios ilícitos y generando mucha violencia.
Por estas razones, un gran debate en Colombia sobre el narcotráfico es tan urgente como el que se vive hoy en México.