Un fenómeno muy interesante está sucediendo en el mundo.
Mientras en América Latina parece agotarse el modelo de gobiernos populistas de izquierda, en varios países europeos y en los Estados Unidos avanza un fuerte populismo de derecha.
El resurgimiento del terrorismo, las inmigraciones masivas, el bajo crecimiento económico, el elevado desempleo y la incertidumbre sobre el futuro, todos estos factores le están dando un fuerte impulso a partidos populistas de derecha en varios países del mundo. En Francia, el Frente Nacional acaba de lograr altos resultados en las elecciones regionales; en Polonia y Hungría están en el poder; en los Estados Unidos, el empresario Donald Trump y el senador Ted Cruz van a la cabeza en las encuestas del Partido Republicano.
En América Latina, después de varios años de gobiernos populistas de izquierda, también aparece una tendencia hacia el centro o centro-derecha, pero no como consecuencia del miedo al terrorismo musulmán o a inmigraciones masivas, sino por efectos del agotamiento de la bonanza de los términos de intercambio comerciales.
Al gobierno de Mauricio Macri, en Argentina, y a eventuales futuros gobiernos en Venezuela, Brasil o Ecuador, les tocará ordenar las cuentas fiscales, mejorar la seguridad interior y combatir a fondo la corrupción. La época de repartija de subsidios generosos, de precios controlados, de polarización social y política y de retórica antinorteamericana parece comenzar a quedar atrás.
No va a ser fácil porque, a diferencia de los países europeos, los gobiernos populistas de años pasados en América Latina llegaron a cambiar las constituciones, a limitar la libertad de expresión, a nacionalizar empresas. A los nuevos gobiernos les tocará, entonces, además de arreglar la debacle económica, realizar un profundo y difícil ajuste institucional para combatir la corrupción, restaurar la separación de poderes, devolver la independencia de los medios de comunicación y garantizar las libertades públicas.
¿Qué va a pasar en Colombia? Como casi siempre ha sucedido en nuestra historia, Colombia ha sido bastante ajena a los grandes cambios pendulares del continente. A eso se refería García Márquez cuando repetía que “en Colombia nunca pasa nada”. En particular, en las últimas décadas, el narcotráfico y los grupos armados ilegales nos han tenido muy distraídos internamente y, por ello, es probable que esos factores sigan marcando la agenda de los próximos años.
En este sentido, existen dos hipótesis sobre los efectos que tendrá el acuerdo de La Habana. Por un lado, el Gobierno y varios académicos muy serios prevén un mayor crecimiento económico, mayor apertura política, más legitimidad de las instituciones y una bonanza de optimismo sobre el futuro del país. La hipótesis alternativa argumenta que el bono de crecimiento ya se dio en la década pasada y que un bono de paz mayor no será posible porque, por la crisis fiscal, no habrá cómo financiar las inversiones del posconflicto, estimadas entre 1-2% del PIB durante unos diez años. Además, los defensores de esta hipótesis argumentan que, una vez firmados los acuerdos de La Habana, se prevé una ola de conflictividad social muy grande, que los hará muy impopulares en los sectores urbanos.
Es imposible prever qué va a pasar. Pero, sean cuales fueren los efectos del acuerdo de La Habana, parece claro que la agenda política y social de Colombia continuará alejada de las tendencias externas y seguirá dependiendo, principalmente, de la ropa que lavemos en casa.