Como contraste al poco iluminante intercambio entre los expresidentes de la semana pasada, y como ejemplo de lo que debería ser la oración pública en Colombia, quiero resaltar la intervención del presidente Santos en la clausura del Congreso de la Cámara Colombiana de la Infraestructura, el viernes 22 de noviembre, en Cartagena.
Ante más de 2.000 asistentes, con un nutrido grupo de participantes e inversionistas del exterior, académicos del más alto nivel, como Xavier Sala-i-Martin y Richard Webb, y, como invitado de honor, el expresidente de gobierno de España Felipe González, el presidente Santos se apropió de lo que los norteamericanos llaman el high ground.
En lugar de desenterrar esqueletos del pasado o responder a estériles provocaciones del presente, invitó a los asistentes a pensar en grande y a imaginarnos el país que queremos para el 7 de agosto de 2019, cuando estaremos conmemorando 200 años de la Batalla de Boyacá. Si alguien argumenta que pondero ese discurso por haber coordinado un ejercicio similar en 2005, cuando era director del DNP, no se equivoca. Precisamente por haberlo hecho, conozco el poder de convocatoria que puede tener, el entusiasmo que suscita, las ideas que genera, la calidad del debate que origina y, muy especialmente, los acuerdos que puede llegar a producir, y siempre lamentaré que, en cuanto salí del Gobierno en 2006, se lo haya abandonado. Pero hoy tenemos que celebrar que el presidente Santos haya hecho una invitación a que no nos resignemos a “tener el futuro que nos toca, y pasemos a construir el futuro que queremos”. Invitó a imaginarnos un país que ha dejado el conflicto atrás y que estará consolidando la paz. Trazó metas para las autopistas de dobles calzadas, que deberán estar concluidas en varios de sus trazados, después de un paquete de inversiones de unos US$30.000 millones. Fijó una meta de 23.000 kilómetros de vías rurales para desarrollar el sector agrario, pronosticó que para 2019 la navegación 24 horas al día del río Magdalena será una realidad, al igual que la navegación por el río Meta. Con estas obras, el presidente precisó una meta de movilización de carga para 2019 de 350 millones de toneladas al año, más del doble de lo de hoy. Y, como resultado de las obras de infraestructura, se espera que el crecimiento del PIB sea entre 1 y 1,5% superior, en forma permanente, y el desempleo la mitad del de hoy, o sea, alrededor de un 5%. Como ejemplo de las acciones para ejecutar este ambicioso programa, el presidente sancionó en este Congreso la nueva Ley de Infraestructura. Naturalmente, faltaron prioridades y metas en otros sectores, como calidad de la educación y mercado laboral, y más ilustración de los recursos y reformas para llevarlas a cabo, pero ese es el tipo de debate que necesita el país y el que debería caracterizar la campaña presidencial. No me hago muchas ilusiones, porque la política de hoy y la orientación de muchos medios de comunicación responden a una galería que vive de un espectáculo alimentado por la agresión verbal y la afrenta personal. Sin embargo, hay que alimentar la esperanza para que haya más altura y decencia en la deliberación pública y para que el voto sea definido por la calidad y la credibilidad de las propuestas.