Se atribuye a Luis Carlos Galán la frase “en Colombia hay más geografía que sociedad, y hay más sociedad que Estado”.
Hemos tenido un Estado débil y, además, dicho Estado no ha hecho presencia en muchas partes del territorio. De este hecho incontrovertible se derivan la gran mayoría de los grandes males que nos han aquejado, como el narcotráfico y la violencia de guerrilla y paramilitares, además de la pobreza y el atraso que la violencia ha producido en regiones donde no hay seguridad y reglas de juego estables y predecibles.
Es más difícil explicar las causas y razones que justifican su debilidad histórica. Algunos dicen que es la pobreza y la desigualdad las que generan la violencia y, por lo tanto, la debilidad del Estado. Otros plantean que la debilidad del Estado en Colombia es culpa de la élite de Bogotá la cual, desde el momento mismo de la independencia, ha manejado el país a su antojo y ha tenido una inteligencia siniestra para delegar la capacidad de ejercer violencia en las élites regionales a cambio de que no le disputen su poder central.
Otros han explicado la debilidad del Estado como producto de una economía igualmente precaria, particularmente con un sector exportador con una baja capacidad de tributación, al tiempo que han resaltado la capacidad del país para consolidar, en forma paradójica, unas sólidas instituciones civilistas y republicanas.
A diferencia de quienes visualizan su debilidad como una consecuencia de otros problemas, con algunos hechos importantes de la historia de Colombia en los últimos 30 años quiero enfatizar la debilidad del Estado como causa de nuestros más graves problemas. Primero, el número de miembros y la violencia de guerrillas y paramilitares se dispararon exponencialmente en los años 80 con la expansión de los cultivos de coca y el narcotráfico. Segundo, la derrota de los grupos guerrilleros y paramilitares (aunque no su aniquilación) solo se logró en la última década con la expansión de las fuerzas armadas que, en número de soldados por millón de habitantes, llegó a situarse, por primera vez en 200 años, por encima del promedio de América Latina. Tercero, la dramática reducción de las cifras de violencia fue concomitante con la lucha frontal contra el narcotráfico y con la reducción de las siembras de coca. Cuarto, al tiempo que se consolidó el poder del Estado, la inversión se disparó, la economía volvió a crecer a tasas aceleradas y la pobreza obtuvo la mayor caída de la historia.
Lo que estas cifras muestran es que ha sido posible fortalecer al Estado y dicho fortalecimiento ha producido efectos incontrovertiblemente positivos para las instituciones, la economía y el bienestar de la población.
En estas circunstancias, preocupa muchísimo el crecimiento que han vuelto a tener las áreas sembrada de coca y la expansión de la minería ilegal. Preocupa también la fractura histórica de nuestras élites políticas en torno a temas centrales de nuestra institucionalidad. En particular, preocupa que no se logre un consenso alrededor de la noción de que solo tendremos un Estado que merezca su nombre cuando consolide el monopolio de la fuerza legítima sobre todo el territorio.
No sé si debe haber más Estado que sociedad, pero sí tiene que haber más Estado que geografía. En momentos de incertidumbre, como los que vivimos, una vez más tenemos que darle la razón a Luis Carlos Galán.