Desde que comencé a leer los libros de historia de Colombia, especialmente los de los historiadores profesionales, me forjé la idea no solo de que efectivamente tenemos nación, sino que heredamos muchas cosas positivas de nuestro pasado. No somos el paraíso terrenal, pero tampoco somos un fracaso, como argumentan muchos analistas. Y, por supuesto, también tenemos varios problemas que debemos resolver. Así, también aprendí que el camino a seguir es la transformación gradual y no la revolución, idea que es no solo una incoherencia descomunal, porque presume que quienes la lideran tienen la Verdad, con mayúscula, sino también es una receta para el totalitarismo, que solo trae derramamiento de sangre y miseria.
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El camino de la transformación gradual, el que siguen la sociedad abierta y la democracia, no está basado en la proclamación de la verdad, sino, por el contrario, en la idea humilde según la cual se formulan políticas y planes para lograr ciertos objetivos, pero acepta que se cometen errores y también se reconoce que se puede aprender de esos errores, para no repetirlos. Es una racionalidad que reconoce que podemos aprender de la crítica, de la de nosotros mismos, pero especialmente de la crítica de los demás.
Durante mucho tiempo, por ejemplo, cometimos el error de ignorar el crecimiento del narcotráfico, a pesar de las advertencias, entre otros, de Luis Carlos Galán y Guillermo Cano, quienes en los años 80 argumentaron sobre sus amenazas en las instituciones, la política y la economía. A un costo altísimo, que incluyó los magnicidios de Cano, Galán y otros líderes políticos de diferentes ideologías, la bomba a El Espectador, así como el asesinato de centenares de jueces, policías y servidores públicos, y, a pesar de traiciones y reveses, finalmente el país cerró filas y se logró la derrota de los grandes carteles de la droga.
En la lucha contra el narcotráfico descubrimos otra gran error histórico, como fue el no contar con unas Fuerzas Armadas y de Policía que le permitiesen al Estado tener el monopolio de la fuerza legítima sobre todo el territorio. El narcotráfico permitió la expansión de grupos como las Farc, que a comienzos de los 80 apenan contaban con unos 600 militantes, y de los paramilitares, que se propagaron a lo largo y ancho del territorio. Con el crecimiento y la profesionalización del Ejército y con la ayuda de los Estados Unidos, mediante el Plan Colombia, alcanzamos al menos llegar a la media de Latinoamérica en soldados por cada 100.000 habitantes. Así, se logró la derrota de las Farc, más no su liquidación, la desmovilización de los paramilitares, la reducción de las áreas de coca de 200.000 hectáreas en el año 2000 a 50.000 hacia 2010, y una caída pronunciada en todos los indicadores de violencia.
Por todas estas razones, no podemos repetir el error histórico de permitir la expansión de la coca y el narcotráfico y vemos con honda preocupación que el área sembrada de coca haya llegado a más de 200.000 hectáreas en años recientes. Como lo ha planteado el presidente Duque, no es por complacer a nadie, sino por la defensa de nuestras instituciones republicanas y la democracia y por la conciencia de los errores del pasado, que tenemos el deber imperativo de erradicar las siembras de coca en nuestro país.