Después de su muerte, con toda justicia a Hernando Groot se le han hecho homenajes y reconocimientos y se han recordado sus estudios, sus investigaciones como parasitólogo y especialista en endemias tropicales, su trabajo docente y su labor como administrador y directivo de centros de investigación e instituciones docentes.
Todo lo que se ha dicho y escrito en su honor es justo y no lo voy a repetir. No fui su amigo cercano, nunca trabajé con él, pero tuve el inmenso privilegio de conocerlo y el poco tiempo que pude interactuar con el profesor Groot fue suficiente para saber que uno estaba frente a una persona excepcional, un ser humano en la acepción profunda de la palabra. En ese sentido, quiero resaltar dos aspectos de su trayectoria y personalidad.
Primero, su conciencia de que Colombia era un país muy ancho y profundo, un país desconocido hoy en día para tantas personas, aun para muchas que llegan a tener lugares de prominencia en la política, la economía, la academia o el periodismo. Como contraste, y desde muy joven, Groot vivió y caminó el país y sus regiones y conoció a su gente. Por dar tan solo algunos ejemplos, aun antes de terminar sus estudios de medicina en la Universidad Nacional, trabajó en el leprosorio de Agua de Dios o, cuando, en 1940, se fue a Pasto a dirigir el laboratorio de salud pública y en esa década caminó las hondonadas del río Guáitara para tratar de detectar e identificar el germen de la llamada verruga peruana. Después recorrió el Tolima para estudiar la encefalitis equina y luego, San Vicente de Cuchurí, los Llanos Orientales y gran parte del territorio colombiano para estudiar la fiebre amarilla, la malaria y la tripanosomiasis. Desde esos primeros años, como profesional, alternaba sus estudios de campo trabajando en instituciones como el llamado frenocomio de mujeres de Bogotá, en el Instituto Carlos Finlay o como director del laboratorio clínico del Hospital Militar de Bogotá. Quizá por ese conocimiento de la Colombia profunda, tan distante y necesitada, Groot tenía un especial aprecio por los estudiantes, investigadores y colegas de la llamada provincia colombiana.
En segundo lugar, Groot fue una persona integral en un sentido que se extraña cada vez más entre los dirigentes de la política, la economía y aun la misma ciencia. Porque, como pocas personas, el profesor Groot recordaba lo que algunos filósofos han denominado “el mundo de la vida”, la noción de que, antes de la ciencia, de la economía o de la política, hay —debe haber— una esfera prepolítica, preeconómica o precientífica. Es la conciencia de que la política, los negocios o la ciencia no es todo lo que hay ni todo lo que importa. Es la convicción de que esas actividades son limitadas. Es la seguridad de que, al lado de la política o de la economía o de la ciencia, lo que verdaderamente importa son los valores éticos, la cultura, la familia, las relaciones con la comunidad y con otros seres humanos.
Charlar con Hernando Groot era encontrar un ser humano superior, con ese raro balance entre una profesión, una vida científica y esas cosas del “mundo de la vida” que realmente importan. Era encontrar la rectitud y la decencia.
Al lamentar su muerte, celebramos su vida, un ejemplo para los investigadores y docentes y para todos los queremos un país mejor.