En sus hermosas palabras de homenaje a la vida y obra de Jaime Jaramillo Uribe, en la iglesia de Cristo Rey, Jorge Orlando Melo lo definió como “el hombre que cambió el pasado” de Colombia.
Hasta la década de los 60, dijo Melo, los muchachos y las muchachas que asistían a las escuelas y universidades aprendían la historia de Colombia como una larguísima lista de héroes de la Conquista, próceres de la Independencia, un agobiante catálogo de fechas de guerras o interminables listas de presidentes.
A partir de entonces, una nueva generación de historiadores, liderados por Jaramillo Uribe, comenzaron a ver la historia con nuevos personajes y temáticas, como las comunidades indígenas, los esclavos, las ideas políticas, las relaciones entre patrones y esclavos, los procesos de mestizaje, los conflictos raciales o las luchas sindicales y obreras. Así, de un relato de personalidades y fechas, más o menos acabado y unilateral, la historia se transformó en una narración abierta, a la que comenzaron a aportar también economistas, sociólogos, antropólogos y científicos políticos.
Pero, al tiempo que incorporó nuevos objetos de estudio, Jaramillo Uribe hizo otra cosa tanto o más importante: estudió y analizó a Colombia no sólo desde dentro, sino también desde fuera. Nos enseñó que, para poder argumentar hipótesis razonables sobre los problemas del país, es necesario estudiar también la historia y los problemas de otras sociedades. Su obra fue una invitación a abandonar el provincianismo y esa constante tradición, presente hasta nuestros días, de vernos sólo el ombligo. En ese constante ejercicio de contrastación con otras historias y sociedades, Jaramillo Uribe mostró que es posible ponderar nuestras falencias y debilidades, pero también nuestras fortalezas y aciertos.
Como lo argumenta Eduardo Posada Carbó, esa actitud intelectual le permitió a Jaramillo Uribe argumentar sobre el “carácter de mesura, medianía o término medio” que presentaban “casi todas las expresiones de la vida social colombiana en su historia”. Un nivel de desarrollo intermedio, que veía desde la Colonia, frente al nivel de desarrollo de otras regiones del continente. Una medianía que se manifestó en el arte, la arquitectura, el desarrollo urbano y hasta en la parca riqueza de nuestros ricos. Colombia, dijo, “bien puede ser llamada el país americano del término medio, de la áurea mediócritas”. En la esfera política, dicha medianía o mesura se expresó en “la debilidad, casi ausencia del fenómeno hispanoamericano del caudillismo militar”, lo que lo llevó a ponderar, por ejemplo, una tradición civilista en la historia política de Colombia.
De estas consideraciones se pueden extraer muchísimas lecciones, como que la historia es una disciplina muy seria, que la debemos debe dejar en manos de profesionales y no en aprendices o recién llegados. Y, también, que el estudio de la historia es un proceso siempre abierto a nuevos aportes de otras disciplinas y personas y, por lo tanto, debe estar marcado por un permanente escepticismo, por una aversión al dogmatismo y, como consecuencia, por una actitud tolerante, de crítica y de debate permanente. Es decir, una actitud muy alejada de comisiones e historias oficiales, que, muchas veces, por conveniencias políticas del presente, parecen dispuestas a estériles intentos por sacrificar el pasado.
Al revolucionar ese pasado y estudiar a Colombia desde fuera, Jaramillo Uribe analizó las debilidades y falencias, pero también los aciertos y fortalezas de Colombia.