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La apertura

06 de mayo de 2012 - 06:00 p. m.

Pocas políticas económicas han sido más vapuleadas y maltratadas que la apertura económica.

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Es un ataque que ha venido desde sectores de la izquierda y también de la derecha. Ha sido un debate feroz en el que ha primado la ideología y también una incapacidad para explicar sus beneficios y, en cierta medida, su inevitabilidad.

Curiosamente, la discusión de los efectos de la apertura se ha circunscrito a la economía y no se ha extendido a otros dominios. Eso no está bien, porque la globalización ha sido no sólo del comercio y de los capitales, sino también de las ideas, del conocimiento, de la política, de la jurisprudencia o del arte. Y también del deporte. Un buen ejemplo es el fútbol y, en particular, el español. ¿Qué hizo grande al fútbol español? ¿Llegó España a ser campeón mundial de fútbol porque prohibió la entrada de futbolistas extranjeros o porque a los propios les impidió salir al exterior? Todo lo contrario. El campeonato mundial fue logrado por un país donde siempre hubo jugadores extranjeros, como Di Stefano, Gento, Puskas, Hugo Sánchez, Ronaldo, Zidane, y donde hoy en día juegan Cristiano Ronaldo, Messi, Falcao. Por permitir competir a los mejores ciclistas del mundo en la Vuelta a España, un Miguel Induraín llegó a ganar cinco Tours de Francia y, por codearse dentro y fuera de España con la élite del tenis mundial, ese país llegó a dar un monstruo como Rafael Nadal. Y lo mismo podría decirse de generaciones de cantantes, grupos musicales, poetas, escritores y filósofos.

No exagero al decir que, entre nosotros, el deporte ha sido muy mediocre precisamente por estar alejado del mundo. Una breve excepción fueron los años cincuenta, cuando, por la huelga de los futbolistas argentinos, vinieron Di Stefano, Pedernera y compañía, el fútbol elevó su nivel y llegamos a tener una gran generación de jugadores que clasificaron a Colombia a la Copa Mundo de Chile, de 1962. Después, el país se cerró al mundo y la consecuencia fue una mediocridad, interrumpida por destellos pasajeros. Fue una larga época simbolizada, mejor que nada, por un tieso, como el Camello Soto, que, en el provincianismo de los años setenta, era considerado por los críticos como un verdadero crack.

Finalmente volvimos a sobresalir con la globalización, pero no porque salimos a buscar al mundo, sino porque fue el mundo el que vino a buscarnos. ¿Qué tal que Falcao, James Rodríguez o Freddy Guarín se hubiesen quedado en Colombia? Y lo mismo podemos decir de Shakira, de Silvia Tcherassi o de escritores como García Márquez, Álvaro Mutis, Fernando Vallejo y tantos otros. Todos ellos son grandes porque se midieron y respondieron a los desafíos que enfrentaron en el mundo. Lo mismo le pasó a Fernando Botero, quien se volvió una figura mundial cuando lo descubrieron las galerías alemanas. Este es un fenómeno, no sólo es de nosotros. Shakespeare estuvo en la oscuridad dos siglos y sólo fue apreciado otra vez por los ingleses cuando renació en Alemania en el siglo XIX y a Manuel de Falla lo apreciaron en España sólo cuando se volvió una autoridad musical en Francia. Sólo abriéndonos más al mundo, descubriremos entre nuestros millones de jóvenes a los nuevos García Márquez, Shakiras, Boteros o Pibes Valderramas. Y necesitamos también el contacto con el mundo para descubrir nuestras potencialidades y también para aceptar y corregir nuestros defectos, injusticias e iniquidades.

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