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La crisis y nuestro cerebro

27 de septiembre de 2009 - 07:06 p. m.

LA CRISIS ECONÓMICA QUE HA EXperimentado el mundo desde el año pasado está propiciando un serio cuestionamiento de las teorías y las escuelas económicas que han estado vigentes en las últimas décadas.

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Es un ejercicio fascinante que va a trascender la esfera de la economía porque, en últimas, lo que está siendo cuestionado no es sólo esta disciplina, sino en una gran medida, y a pesar de lo exagerado que parezca, las limitaciones de la naturaleza humana. ¿Cómo es posible que millones de personas inteligentes, premios Nobel, profesores brillantes, operadores de Wall Street, entre otros, se hayan equivocado tan flagrantemente y no hayan sido capaces de anticipar la crisis?

Un campo muy interesante de este replanteamiento parte del hecho de que esas personas talentosas han fundamentado sus análisis —y los errores que han cometido— en millones de datos de los mercados de bienes, servicios, productos financieros, una información que, en una gran medida, es aleatoria o estocástica. En investigaciones fascinantes que tienen que ver con la neurociencia, la psicología, la biología evolutiva y la economía se ha planteado que la detección del riesgo no se realiza en la parte racional, sino en la parte emocional del cerebro: el riesgo se trata como un sentimiento. Así, ante cambios abruptos de los mercados de valores muchas personas reaccionan en la misma forma en que reaccionarían ante la proximidad de una enorme serpiente. Salen despavoridos a vender acciones y a realizar pérdidas cuando la parte racional del cerebro aconsejaría esperar a que el ruido se mitigue. Pero el problema es aún más grave. Cuando se analiza el pasado, los humanos tendemos a analizarlo como determinístico —a negar su aleatoriedad— porque vemos que una sola cosa sucedió y la mente interpreta los eventos, no con los que los precedieron, sino con los subsiguientes y cree que lo que pasó tenía que pasar y tampoco entiende que pudieron haber sucedido otros cien eventos diferentes.  Así, las cosas lucen obvias después de que sucedieron. Y aquellos que son buenos prediciendo el pasado se creen competentes para predecir el futuro.  Tanto o más grave, la mente tiende a juzgar los eventos por los resultados, no por los procesos que los generan, y a ponderar más los mejores que los malos resultados. Por ejemplo, se ve la riqueza que se está generando, pero no los riesgos que se enfrentan para generar dicha riqueza. Así, en los negocios, pero también en la política o en el arte, se tiende a ver sólo a los ganadores, a los millonarios, a los líderes políticos, a los generales victoriosos —no se entiende que también tuvieron mucha suerte— y no se comprende que por cada uno de ellos hay cientos, quizá miles, de perdedores, de fracasados, de muertos en los cementerios. Por ejemplo, se tiende a creer que todos los actores son millonarios porque los famosos son millonarios, pero en los Estados Unidos se ha probado que la gran mayoría de ellos complementan sus ingresos como meseros en los McDonalds y Starbucks. Se habla mucho del éxito porque nada es tan exitoso como el éxito. 

El cerebro que tenemos hoy se desarrolló para nuestros antepasados que deambulaban desnudos por las sabanas de África, con un diseño que servía para poco más que escapar de las fieras lo más rápidamente posible y para dejar descendencia. ¿Qué otros ajustes necesitamos introducir en nuestras normas, instituciones y ética sabiendo que ese aparato es completamente inadecuado para entender y actuar en un mundo que comenzó a tornarse muy complejo desde hace unos 550 años, después del invento de la imprenta?  

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