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La destrucción de Pasto

29 de enero de 2012 - 06:00 p. m.

Si la visita al Huila me llenó de optimismo, infortunadamente la visita a mi tierra, durante los días de fiesta, me dejó realmente preocupado.

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Para comenzar, no fue posible llegar por avión, pues el aeropuerto de Pasto estuvo cerrado varios días antes de Navidad. Tuve que tomar un taxi desde Cali por una carretera que, hasta Timbío, está en buenas condiciones, pero, a partir de allí hasta Rosas, no es apta para cardíacos, pues hay unos ocho pasos restringidos por hundimientos de la banca. A partir de Rosas, la vía se encuentra en mejores condiciones, hasta que se llega al tramo entre Mojarras y Remolinos, que debe tener el mayor número y tamaño de huecos por kilómetro del continente.

Seis horas después de salir de Cali, llegué a Chachagüí, en donde está el aeropuerto y hasta donde debería llegar el nuevo par vial de 22 kilómetros que lleva a Pasto. Ese trayecto, que comenzó hace un lustro y debería estar terminado el próximo año, sólo tiene dos kilómetros de construcción (con varios derrumbes). Con el ánimo ya muy deteriorado, llegué a Pasto para encontrar sus calles llenas de huecos, la avenida Panamericana y la salida a Ipiales destruidas, la nueva perimetral de la ciudad atrasada. Al preguntar sobre el proyecto de Las Piedras, el nuevo acueducto, me confirmaron que lleva un atraso considerable y está frenando la expansión de la ciudad. Por su parte, la ampliación del aeropuerto de Ipiales, que se convertiría en el alterno de Pasto, se encuentra paralizada porque la Aeronáutica no le quiere pagar a ISA el costo del traslado de unas torres de transmisión de energía. Además, en Pasto se sigue construyendo en las pocas zonas verdes que deberían ser parques y la Catedral tuvo que ser cerrada por orden de un juez, pues su bóveda principal amenazaba colapsar.

Todos estos problemas son muy graves, pero, quizá, lo peor de todo es la inseguridad. Proliferan los asaltos a casas y fincas, particularmente en Chachagüí y Pasisara, los robos de vehículos y los boleteos a los comerciantes. Lo más insólito es la presencia de una banda especializada en asaltar a las gentes en las iglesias, durante la misa y, muy especialmente, en el momento de la elevación. Varias carreteras son peligrosísimas, especialmente la vía a Tumaco, por la presencia de la guerrilla y otros grupos armados.

Pero, quizá, lo más preocupante de todo es el sentimiento de resignación y conformismo que se ha apoderado de un pueblo que pasó por el desastre de las pirámides financieras, por la invasión de los cultivos del narcotráfico, por la presencia de los grupos armados ilegales y por la percepción de una corrupción rampante. Pareciera que, durante años, no hubiésemos tenido ni alcalde, ni representantes al Congreso, ni interlocución con el Gobierno. Pero es que ni siquiera la Cámara de Comercio, ni los otros gremios, ni las sociedades de ingenieros o arquitectos, ni la Universidad de Nariño se pronuncian o hacen algo. Hay una mezcla de temor y resignación que me preocupa muchísimo, porque ni los pueblos más sumisos y pacientes aguantan una situación de estas indefinidamente. La única buena noticia es que, por fin, arrancaron los trabajos de la variante San Francisco-Mocoa. Y no sobra agregar que, cuando quise regresar a Bogotá, el aeropuerto volvió a estar cerrado y me tocó, otra vez, hacer el viaje por tierra. Por los mismos huecos y por los mismos pasos restringidos.

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