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La moral del éxito

02 de septiembre de 2012 - 06:00 p. m.

ESTADOS UNIDOS SIEMPRE SE HA preciado de ser una sociedad abierta en donde, con esfuerzo, mérito y talento, las personas son recompensadas en la vida. Así, durante mucho tiempo, se logró un consenso bipartidista con una visión de justicia basada en la igualdad entendida como igualdad de oportunidades.

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Lo que importa es que las reglas de juego sean las mismas para todos, de forma tal que ex ante no se sepa cómo será recompensada la gente. Pero, además de una idea de equidad como igualdad de oportunidades, dicho consenso también aceptó que los recursos y talentos son limitados, que las condiciones al nacer no son las mismas para todos y que el azar, además del esfuerzo, determina los resultados. En virtud de dicho consenso, desde hace mucho tiempo existieron políticas redistributivas y de alivio hacia los sectores más desfavorecidos. Esta es una visión de justicia que mira hacia adelante, que considera el futuro con un alto grado de incertidumbre, que sabe que los recursos son escasos, acepta la imperfectibilidad de los seres humanos y considera un papel activo del Gobierno.

En la actual campaña presidencial de los Estados Unidos, el llamado Tea Party ha logrado introducir en el Partido Republicano una visión alternativa, al plantear una idea de justicia que mira, no hacia delante, sino hacia atrás, que parte de la noción de que el mundo y la sociedad son perfectamente inteligibles y predecibles, supone que la suerte y el azar no desempeñan ningún papel y que los recursos y los talentos están al alcance de todos. En particular, durante esta campaña se ha enfatizado y engrandecido una moral basada en el éxito, el triunfo, la cima. Promulga un mundo donde triunfan los más aptos y se rezagan y fracasan los perezosos, los vagos o los que no tienen talento. Los poderosos, los ricos y los famosos lo son porque han trabajado, se han esforzado y, por lo tanto, se lo merecen y eso es lo mejor para la sociedad en su conjunto. Y, como corolario, si la sociedad no funciona o tiene problemas es porque el gobierno está tratando de interferir con estas reglas de hierro del darwinismo social. Por lo tanto, hay que reducir la acción del gobierno a su mínima expresión.

Esta visión no sólo se basa en unos presupuestas falsos —como el supuesto equitativo acceso a los recursos o la inexistencia del azar— sino en un fundamento lógico endeble. Al igual que las interpretaciones burdas del darwinismo, esta idea de la justicia predica que tienen éxito los más capaces. Pero la métrica de la capacidad es el mismo éxito, lo equivale a decir que tienen éxito los que tienen éxito o que los más capaces son los más capaces. Si llegara a prevalecer esta visión de la sociedad y de la justicia, los Estados Unidos, y el mundo, podrían experimentar un retroceso de alcance impredecible. Las sociedades occidentales han progresado en forma sostenida durante décadas porque han premiado el esfuerzo, recompensado al talento e incentivado la innovación. Pero, también, porque han aceptado con humildad que en el mundo hay azar y que el futuro es impredecible. Porque han luchado contra la discriminación, han protegido y apoyado a grupos de personas en vulnerabilidad y aceptado que todos los seres humanos merecen el respeto y la solidaridad de sus semejantes.

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