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Las llamas de Notre Dame

19 de mayo de 2019 - 03:36 p. m.

Nuestro colega Julio César Londoño pidió en su columna de El Espectador que dejemos arder Notre Dame, porque es una “compilación perfecta de las infamias de la Iglesia católica”. ¿Es realmente eso Notre Dame, o la basílica de San Pedro? ¿Quizá, también, la Mezquita Azul o el Taj Mahal representan otras infamias?

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Un primer indicio de que Londoño, un excelente escritor y un gran intelectual, erró en forma grave con esta aseveración fue la reacción de consternación y tristeza que se produjo por parte no solo de los católicos, sino también de otros cristianos, de judíos, musulmanes, agnósticos y ateos, en todos los rincones del mundo. Pero, como argumentó David Hume hace más de 200 años, los números, aun con grandes mayorías, no prueban nada y, de esta forma, cabe la posibilidad de que Londoño pueda estar en lo cierto y el mundo, equivocado.

Pero, aunque esas mayorías no prueben nada, la pregunta sí es válida: ¿cómo es posible que en un mundo material, de consumo, globalizado, de economía de mercado, de avances científicos que han explicado muchas cosas que antes se consideraban mágicas o divinas, en ese mundo tanta gente llore, se arrodille, cante y se conmueva por las llamas de un símbolo que glorifica al Uno, a lo incondicionado, a la causa no causada, a Dios?

Quizá un camino hacia la respuesta nos lo dio Immanuel Kant, también hace más de dos siglos, cuando, paradójicamente, situó no a Dios sino al individuo en el centro del cosmos y en una posición activa como fuente de todo el conocimiento y, al hacerlo, junto a otros filósofos y pensadores, ayudó a crear la modernidad, de la cual hacemos parte. Para Kant, el individuo no acepta a ser solo circunstancia, esclavo del reino de la causalidad y la necesidad, no es solo fenómeno. El ser humano también tiene la capacidad de actuar y de juzgar, de imponerse fines, de trascender lo causal y de situarse en la esfera del deber y de la voluntad, en una palabra, de la conciencia moral, y, por eso, podemos hablar de la dignidad humana. Es el deber por el deber, basado en la existencia de la libertad, que no acepta una explicación conceptual y que existe porque la experimentamos y porque de no existir no seríamos seres humanos. Así, el ser humano tiene la capacidad de plantear fines para actuar en el mundo, los imperativos categóricos, que, al ser absolutos e incondicionados, al no depender del azar y de las circunstancias, conducen también a las preguntas sobre el sentido de nuestra existencia, a las causas últimas de lo absoluto, a las causas no causadas. Así, llegamos al concepto de Dios y, aunque no podemos probar su existencia, tampoco podemos negarla.

Si, aún hoy en día, seguimos haciéndonos estas preguntas, comprendemos mejor por qué los cazadores-recolectores adoraban al Sol y a los truenos, por qué luego los humanos erigieron tótems, más tarde pirámides, monumentos, luego capillas, mezquitas, sinagogas y catedrales. Esos símbolos eran y siguen siendo búsquedas y preguntas que continuamos haciéndonos, aunque quizá jamás alcancemos sus respuestas. Por eso, el 1° de abril en París no ardió solo Notre Dame, no ardió la jerarquía católica. No. Ese día pudo arder parte de nuestra humanidad, todos nos consumimos un poco. Tú también, estimado Julio César. Tu columna es un testimonio de ello.

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