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Medio siglo de democracia

10 de agosto de 2008 - 05:49 p. m.

ME DECEPCIONÓ Y ENTRISTECIÓ EL olvido casi generalizado por parte del Gobierno, los partidos políticos, la academia y de los medios de comunicación de la conmemoración de la restauración de la democracia el 7 de agosto de 1958.

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Ese día, frente a su rival histórico Laureano Gómez, Alberto Lleras prestó juramento como Presidente de la República, poniendo fin a un paréntesis de más de nueve años sin democracia, desde el 9 de noviembre de 1949, cuando Ospina Pérez declaró el estado de sitio, cerró el Congreso y las Asambleas Departamentales e impuso una implacable censura.  Es cierto, el Frente Nacional no resolvió muchos problemas del país y posiblemente creó otros nuevos. Pero no cabe duda de que también produjo logros muy importantes, restauró la convivencia entre los actores de la violencia de entonces —los partidos Liberal y Conservador— y restituyó la democracia cuando casi toda la región se poblaba de dictadores militares.

¿A qué se debe ese olvido, esa falta de interés o de sensibilidad sobre una fecha crucial en nuestra historia? Según Eduardo Posada Carbó, en su columna de El Tiempo del 8 de agosto, ese desinterés se debe a que al Frente Nacional se lo ha evaluado desde una perspectiva maximalista de democracia y, así, se lo responsabilizó del conflicto interno y de todos los problemas que el país no ha resuelto. Posada menciona también la aceptación intelectual y política que alcanzaron en Colombia los valores que comenzó a difundir la revolución cubana en contra de la democracia liberal, la democracia burguesa como la define el marxismo. También lamenta Posada que en Colombia no tengamos instituciones como la Fundación Transición Española, la cual tiene como misión fomentar la memoria histórica del retorno a la democracia en la madre patria.

Estoy de acuerdo con Eduardo Posada en estos tres puntos, pero agregaría otro más. En Colombia, no sólo el Frente Nacional sino la democracia en general, casi no ha tenido defensores. No sólo un gran número de intelectuales, tanto de derecha como de izquierda, sino también varios ex funcionarios del Estado y al más alto nivel —incluyendo ex presidentes—  han definido muchas veces la democracia colombiana como ilegítima. ¿Qué explica esta inaudita actitud?  Paradójicamente, creo que la respuesta está en que, pese a sus defectos e imperfecciones, nuestra democracia es mucho más fuerte de lo que los analistas están dispuestos a aceptar. 

Es un hecho objetivo que Colombia ha tenido una de las tradiciones electorales más largas, no sólo del continente, sino del mundo; ha sido gobernada casi siempre por civiles y esos gobiernos han hecho un uso limitado del poder. Por ejemplo, durante el período en que Franco subyugó a España, en Colombia elegimos a nueve presidentes democráticamente. Sí, nuestra democracia tiene muchos defectos e imperfecciones, pero, gracias a ella, no hemos tenido un Hitler, un Mussolini, un Franco, un Juan Vicente Gómez, un Cipriano Castro, un Fidel Castro, un Perón, un Pinochet, o un Stroessner. Como la hemos tenido casi siempre, no la apreciamos como deberíamos.

El enorme júbilo nacional que se produjo cuando se restauró la democracia hace 50 años se evaporó muy pronto. Y pocos han relacionado el júbilo de Íngrid y de los soldados liberados —y de todo el país— como su regreso, no sólo a sus familias, sino también a los derechos y deberes y a la libertad que consagra nuestra democracia.  No cabe duda de que ella requiere con urgencia ajustes y modificaciones. Pero, para planear su futuro también tenemos que evaluar y analizar su pasado. Por ello, debemos recordar y resaltar la importancia del 7 de agosto de 1958. 

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