MÁS ALLÁ DEL TALENTO HUMANO y los recursos materiales que está movilizando para enfrentar los complejísimos problemas que enfrentan su país y su gobierno, Barack Obama se apoya en unos sólidos principios que guían y ordenan sus actuaciones.
Frente a la negación de los problemas, Obama acepta su existencia y los enfrenta; frente al simplismo en los diagnósticos y el facilismo de las soluciones, devela la complejidad de los problemas; y, frente a quienes se creen dueños de verdades inmutables y eternas y, por lo tanto paralizantes, Obama acepta un mundo diverso y plural donde es necesario lograr consensos y puntos de encuentro. Estos principios los expuso claramente en tres discursos magistrales sobre algunos de los temas más críticos de su país: la raza, el aborto y el mundo musulmán.
Cuando su campaña parecía desmoronarse por las declaraciones del pastor negro Jeremiah Wrights, el 18 de marzo de 2008, desafiando los lugares comunes y los llamados efectistas para la galería, Obama habló en Filadelfia sobre la complejidad y la sensibilidad del tema de las diferencias raciales. A los blancos les pidió que, a pesar de las declaraciones desafortunadas y aun agresivas de Wrights, encuentren al menos algo de legitimidad en esas palabras por las penalidades y sufrimientos pasados y actuales de la comunidad negra. Por su parte, a los negros les solicitó comprender que muchos blancos pueden tener rabia por las ventajas, para ellos injustas, que tienen muchos negros por la política de la llamada acción afirmativa.
Habiendo defendido el derecho al aborto y la investigación con células madre, el 17 de mayo de este año Obama se dirigió a los estudiantes, profesores y padres de familia de Notre Dame —la universidad católica por excelencia— a quienes pidió encontrar puntos de encuentro en estos y en otros temas que dividen a los norteamericanos. En un mundo lleno de argumentos que compiten sobre lo que es correcto y verdadero, Obama pidió a los creyentes tener confianza y fe en los valores con los que fueron criados y educados. Pero les dijo que sean conscientes de que la fe, que nos pide creer en cosas que no podemos ver, admite la duda porque los humanos no podemos saber con certeza lo que Dios ha planeado para nosotros y, por lo tanto, debemos creer y confiar que su visión es más grande que la nuestra. Estas dudas, dice Obama, no nos deben alejar de nuestra fe, pero nos deben hacer humildes, deben hacernos atemperar nuestras pasiones y ser cautos sobre lo que sabemos. Pero, ante todo, estas dudas nos deben impulsar a ser abiertos, curiosos y deseosos de continuar el debate espiritual y moral.
El 4 de junio de este año, en la Universidad de El Cairo, Obama habló a la comunidad musulmana en un discurso impregnado de estos mismos principios y cuyos argumentos centrales bien los pudo haber tomado de la devastadora crítica que hizo Edward Said al Choque de las civilizaciones, de Samuel Huntington. Contrario al enfoque de Huntington y la extrema derecha norteamericana, Obama habló de las coincidencias y los puntos de encuentro entre las grandes civilizaciones y religiones del mundo. “Es más fácil comenzar guerras que terminarlas. Es más fácil acusar a otros que mirarnos a nosotros mismos; ver qué tienen los otros de distinto que encontrar las cosas en las que coincidimos”, dijo. La fortaleza de Obama no reside sólo en los recursos que puede movilizar, ni en su extraordinario equipo de colaboradores, ni en la riqueza material de los Estados Unidos. La fortaleza de Obama está en esos claros y firmes principios que guían sus actuaciones.