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Podemos revolucionar la teoría de la innovación

31 de mayo de 2009 - 08:26 p. m.

EL MINISTERIO DE EDUCACIÓN Y COL- ciencias han organizado un impresionante seminario, el dos y tres de junio, para discutir ideas sobre cómo promover la ciencia, tecnología e innovación en nuestro país.

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Todos los componentes de  esta tríada son importantes, pero quizás el menos conocido es la innovación. La innovación es la generación de conocimiento que produce valor. Son ideas que ayudan a crear productos o servicios nuevos, o procesos, o métodos de gestión, o diseños. O también inventos que generan valor, más ganancias para las empresas y para los países. La gran discusión en las escuelas de administración de negocios es cómo se aprende a innovar. Hay quienes hacen la pregunta ¿es posible aprender a innovar? Intrigado por este debate, desde hace un par de años, decidí leer los libros de quienes son considerados las autoridades en el mundo en este tema: Clayton Christensen, Henry Chesbrough, John Kao, James Andrew y Harold Sirkin.  Tengo que confesar que mi decepción ha sido muy grande.

Estos expertos tienen razón en argumentar que no hay recetas para enseñar a innovar, pero sí se pueden crear las condiciones en las cuales puede florecer la innovación de los países y de las empresas. Hay más innovación en los ambientes que promueven la creatividad y la libertad de los individuos y la crítica, como en Google, donde una de sus máximas es “más son más inteligentes que menos”. Donde se permite desafiar las restricciones y la autoridad, en empresas y países donde la sabiduría convencional es ignorada y cuando se estimula el intercambio y la interacción entre diferentes ideas, culturas y personas. Hay más innovación cuando las empresas adoptan una cultura para aprender rápido de sus crisis y de sus errores, para no repetirlos. Pero, sobre todo, cuando se comprende que la innovación debe ser abierta al mundo físico y al mundo de las ideas, y se acepta que ninguna empresa, proceso o invento es definitivo, que nadie tiene garantizado su futuro y que hasta las empresas más exitosas, las que “hacen las cosas bien”, se quiebran y desaparecen. 

Mi decepción radica en que, si se acepta que la innovación es un subconjunto del conocimiento científico, todo esto ya había sido argumentado y estudiado por la teoría del conocimiento y por la filosofía de la ciencia. Y desde hace mucho tiempo. Por ejemplo, la escuela del racionalismo crítico ha argumentado que el avance del conocimiento —como la innovación— es un proceso continuo, incesante, de solución de problemas que emergen porque las teorías existentes no los pueden explicar o solucionar, ante lo cual se plantean otras teorías o hipótesis. Y que para solucionar dichos problemas hace falta la crítica y que la crítica, no sólo hay que tolerarla, sino promoverla. Que este proceso tiene muy poco que ver con la especialización y la autoridad de los expertos, pues los expertos —como los gerentes— son prisioneros de sus especializaciones. Que la ciencia y el conocimiento —como la innovación— más que de ganadores, están compuestos de sobrevivientes a intentos continuos y sistemáticos de refutación. O, como argumentó Karl Popper, la verdad nunca es definitiva, el error es siempre probable. Si se integraran las teorías de la innovación a las teorías del conocimiento y de la filosofía de la ciencia, tendríamos administradores de empresas más productivos, más rigurosos, más competentes y también más humildes. Esta es una labor que está pendiente para nuestras facultades de administración de negocios y de economía y para los departamentos de ingeniería industrial. Esta integración podría ser un aporte genuino de nuestras universidades a la teoría global de la innovación.

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