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Política sin doliente

22 de noviembre de 2015 - 09:00 p. m.

Después de varios años, viajé por tierra a Tunja y me llevé la desagradable sorpresa de que la famosa doble calzada no está terminada.

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Al llegar a Tocancipá, la autopista se torna en vía de un solo carril de ida y otro de venida, y lo mismo sucede en Gachancipá, en Villapinzón y en Ventaquemada. Por esta razón, el tiempo que se gana en los tramos de doble calzada se pierde por los tremendos trancones que se arman al paso por estas localidades y, como consecuencia, un trayecto que debió tomar una hora y media, se transformó en dos horas y 40 minutos.

Pero también hay otros problemas muy serios que es necesario corregir, entre otras razones, porque son comunes a muchas vías de todo el país. Por ejemplo, en Chocontá, en donde la vía está en doble calzada, se ha consolidado una gran zona de estaderos y restaurantes, que se han situado muy cerca de la carretera, sin espacios adecuados para el parqueo de automóviles, buses y camiones. Esto obliga a reducir la velocidad por los carros que parquean o por los que retoman la vía. En ese lugar, había toda una flotilla de busetas parqueada a un costado y una de ellas, precisamente porque no había suficiente espacio, estaba invadiendo en algunos centímetros la calzada. ¿Dónde están las normas que obliguen a construir restaurantes o viviendas a una distancia mínima de las vías? ¿Quién debe producir dichas normas?

En muchas partes del país se han construido perimetrales o circunvalares a las poblaciones, pero, con el paso del tiempo, han comenzado también a edificarse a sus lados restaurantes, estaderos, almacenes o bodegas, de forma tal que las vías han terminado siendo unas calles más de esos pueblos, generándose congestiones muy grandes durante los fines de semana y los días de fiesta.

Es necesario regular y reglamentar también el tránsito de las motos, motocicletas y bicicletas, tanto en las ciudades como en las carreteras. Es inaudito que no se exija los ciclistas transitar de noche con luces. En una escena de equilibrismo que debería ser sólo contemplada en los circos, conduciendo hace pocos días por la calle 13, en medio de los tractomulas, buses y automóviles, contemplamos a dos muchachos que iban en una bicicleta sin casco, el de atrás cargando un perro inmenso, mientras el de adelante, al tiempo que conducía, leía su teléfono celular.

Me temo que estos fenómenos son expresiones de un problema general que tiene que ver con la ausencia de un núcleo bien consolidado de políticas de transporte, en todos los niveles de gobierno. En el Gobierno Nacional, la política de transporte está situada en un Ministerio pero, sin duda, está subordinada a las obras públicas. Estoy seguro que, con pocas excepciones, a nivel territorial, dicha política no está funcionando adecuadamente.

Esta situación no puede continuar y, quizá, el primer paso debería ser separar la política del transporte en un ministerio independiente del de obras públicas, como sucede en otros países.

Porque los temas del transporte urbano, aéreo, marítimo, terrestre y fluvial son demasiado complejos y no pueden ser relegados a un segundo plano. Si la política de transporte llega algún día a tener doliente, quizá, en un futuro no muy lejano, podamos transitar por autopistas que hayan ya superado los problemas que, hoy en día, tiene la vía que lleva a Tunja.

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