En una perspectiva históruica y salvo períodos excepcionales, la política exterior de Colombia ha sido más reactiva que proactiva y un componente secundario en los programas y realizaciones de los gobiernos. Por diferentes razones.
Porque hemos sido un país introvertido y aislado del mundo, con una capital muy lejos de los puertos marinos y con pésimas vías de comunicación. Porque hemos tenido que dedicar enormes recursos humanos y físicos a tratar de contener y arreglar problemas internos que no han tenido otros países, como la insurgencia, el narcotráfico y la inseguridad. Y también porque el Estado en Colombia no ha contado con rentas importantes para embarcarse en grandes proyectos, lo que le hubiese permitido, entre otras cosas, contar con una Cancillería y una carrera diplomática fuertes, con embajadas y consulados bien dotados. Así, durante décadas, la representación diplomática la hicieron primero miembros de familias influyentes, que se turnaban las mejores embajadas casi como si fuesen derechos adquiridos. Y después, el clientelismo y la politiquería se apoderaron del servicio exterior como una extensión de la repartija general de cargos de los gobiernos, lo que dio como resultado que hermanos, hijos, sobrinos y novias de políticos poblaran buena parte de las representaciones diplomáticas en todos los países del mundo.
Pero lo más sorprendente es que el potencial para implementar una política exterior exitosa siempre existió y fue corroborada incluso con resultados exitosos en algunas áreas puntuales. Quizá el más notable de todos fue la llamada diplomacia cafetera. Gracias a una clara y consistente política internacional del café, durante décadas Colombia logró muy buenos acuerdos con los países productores, especialmente Brasil, y con los países consumidores, especialmente los Estados Unidos. Así como se dice que, cuando el café era el principal rubro de exportación, la política macroeconómica se confundía con la política cafetera, se podría decir también que la política exterior estuvo moldeada por la diplomacia cafetera. Otros eventos que marcaron el potencial de la política exterior en el pasado fueron la proyección internacional que logró Colombia en el gobierno de Alberto Lleras, la creación del Pacto Andino por Carlos Lleras Restrepo y las secretarías de la OEA del mismo Lleras Camargo y de César Gaviria, así como la presidencia del BID de Luis Alberto Moreno.
Durante décadas Colombia tuvo una precaria política exterior, más reactiva que activa, sin claridad y consistencia. Hoy es forzoso tener una buena política externa. Porque estamos ya muy integrados al mundo, porque contamos con más recursos para implementarla, porque otros países, como Brasil, nos acosan para integrarnos a sus estrategias globales y, también, porque varias empresas colombianas se han volcado sobre el exterior y algunas de ellas son verdaderas multinacionales con importantes inversiones en muchos países del continente.
Y también, porque podemos aprovechar todas las ventajas de ser un país mediano, lo que nos permite alcanzar resultados proporcionalmente mayores a nuestro tamaño, aprovechando las discrepancias y contradicciones que existen siempre entre los grandes, como Estados Unidos, Brasil y México, lo que los impulsa a buscar aliados y cortejar a los más pequeños como nosotros. Además, nos ayuda que somos un país suramericano, pero también andino y caribeño, puerta de entrada a Norteamérica y, visto desde el norte, puerta de entrada al sur; ruta obligada entre Oriente y Occidente. Por las acciones emprendidas y los resultados obtenidos, el presidente Santos y la canciller María Ángela Holguín están creando una verdadera política exterior y de gran alcance para Colombia.