En su libro Redentores, Enrique Krauze hace una reseña muy crítica de la actitud de Gabriel García Márquez con relación al poder.
Según Krauze, nuestro premio Nobel siempre se sintió atraído hacia los dictadores, a quienes concibió como unos seres tristes, solitarios, humanamente vulnerables e incomprendidos y que se ven obligados a gobernar a sus pueblos por circunstancias de la historia.
Naturalmente, entre todos los dictadores, el que ha estado más cerca del corazón de García Márquez es Fidel Castro. Pero, por más conocida que sea, esta relación no deja de sorprender. Primero que todo, fue García Márquez quien buscó a Castro y no al revés. Incluso, Castro le tenía cierta desconfianza y, sólo por la insistencia de García Márquez, le concedió finalmente una cita en 1976. A partir de allí, comenzó una relación que se extendió por tres décadas y en la que Castro trató a nuestro premio Nobel como a un rey, le dio una mansión en La Habana, lo paseó en yate por los cayos y, juntos, organizaron fiestas y recepciones que envidiarían los sibaritas y vividores más sofisticados del planeta. Mientras el pueblo cubano seguía con la tarjeta de racionamiento y pasaba verdadera hambre, Castro y García Márquez y sus numerosos invitados —por supuesto, connotados izquierdistas de todo el mundo como Régis Debray o Manuel Vásquez Montalbán— bailaban, comían caviar y langosta y saboreaban Viuda de Clicquot. Esto puede parecer extravagante y hasta vergonzoso, pero lo más duro y devastador que comenta Krauze es esa permanente admiración y arrobamiento de García Márquez por el poder y por el dictador, una actitud que es consistente con su convicción de toda la vida según la cual “el poder absoluto es la más alta y más completa realización de un ser humano”.
Fundamentada en esa convicción, esa amistad superó todas las denuncias de violaciones a los derechos humanos, los encarcelamientos, las torturas y ejecuciones de disidentes por parte del régimen castrista.
Esa amistad ni siquiera se resquebrajó con el juicio y la posterior ejecución en 1989 de Tony de la Guardia, amigo íntimo de García Márquez y de Mercedes, su mujer. De la Guardia, junto a su hermano Patricio, el héroe de la revolución Arnaldo Ochoa y el general José Abrantes, fueron acusados en 1989 de haber estado involucrados en actividades de narcotráfico. Según Krauze y otros analistas, si esto fue verdad, Fidel Castro tenía que estar al corriente de lo que sucedía, pues nada en la isla se movía a sus espaldas y sin su consentimiento. Cuando estalló el escándalo y se inició el proceso contra los acusados, la hija de De la Guardia y su esposo visitaron a García Márquez en su villa de La Habana y le imploraron interceder ante el comandante. García Márquez les respondió en términos vagos, aparentemente no hizo nada para ayudarlos, asistió al proceso junto a Fidel y, posteriormente, en declaraciones a la prensa justificó el proceso y las condenas que implicaron las ejecuciones de su amigo Tony de la Guardia y de Arnaldo Ochoa.
Como admirador de García Márquez —el colombiano más conocido en el mundo en toda nuestra historia— este capítulo de Krauze me dejó perplejo y triste. Sabiendo que García Márquez está muy enfermo y no puede defenderse, qué bueno sería que los académicos, pero también sus amigos colombianos, refuten, maticen, pongan estos hechos en contexto o le den la razón a Krauze. Pero que no se queden callados.