Con razón el ministro de Protección Social, Alejandro Gaviria, rechazó una propuesta que pretendía que la reforma a la salud la elabore un comité de expertos, se la presente al Congreso y que éste la apruebe, pero sin derecho a debatirla o a introducirle alguna modificación.
Eso sería como extraerle los riñones o los pulmones a un ser humano y creer que podría seguir viviendo. Hacerlo, sería darles un golpe mortal a las instituciones republicanas y desconocer el papel crucial que juega el poder legislativo en la democracia. El Congreso es un órgano natural y central para el debate de todos los temas de interés público y no puede sustraerse a ese derecho y a esa obligación. Lo que no quiere decir que sea el único escenario en el que se deban debatir los proyectos de ley y los grandes temas de interés nacional. La democracia debe ser deliberativa, porque sólo así es consistente y consecuente con la verdadera racionalidad humana, que es la razón comunicativa y no la mera razón instrumental. Por eso es crucial crear muchos escenarios de debate, en los cuales los políticos, pero también los académicos y los ciudadanos, puedan participar, intercambiar opiniones, criticar y, sobre todo, aprender a aceptar la crítica. Infortunadamente, en Colombia un ciudadano común y corriente no tiene acceso a esos escenarios de discusión, pero tampoco puede ilustrarse de las diferentes posiciones en torno a un debate como, por ejemplo, el de la reforma a la salud. En este sentido, nuestra televisión está a años luz de las de otros países, como el Reino Unido, Francia, Alemania, los Estados Unidos e incluso otros más cercanos a nosotros, como Chile o Argentina. En cualquiera de esos países, los canales nacionales de televisión tienen espacios amplios para la discusión de los grandes temas de interés nacional, en horarios triple A. Allá, una reforma como la de salud es debatida durante horas y muchos días en los canales de la televisión, en foros en los que participan, además del ministro, los jefes de la oposición, los académicos, los gremios, los representantes de los usuarios y los ciudadanos del común. Eso en Colombia no existe y hace mucha falta. Algo se está haciendo en los canales regionales de Bogotá, en la radio con programas como Hora 20, de Caracol, o los esfuerzos que ha hecho Juanita León, en La Silla Vacía, en donde, en ocasiones, se abre un canal para discusiones en vivo sobre diferentes temas. Pero en Colombia sólo tendremos una verdadera democracia deliberativa cuando el Estado apoye y logre que los grandes canales nacionales, públicos y privados, tengan estos programas de debate en horarios triple A. Estoy seguro, además, de que con unos buenos moderadores estos programas de discusión y debate pueden llegar a tener grandes audiencias. El proceso de negociación de La Habana, las reformas a la salud y a las pensiones y tantos otros temas deberían ser parte de estos foros. O, ahora que se han definido las cabezas de listas al Senado de los principales partidos y movimientos, ¿por qué nos niegan a los colombianos unos debates bien estructurados entre Álvaro Uribe, Horacio Serpa, Antonio Navarro y Carlos Fernando Galán? ¿Quién se opone a una nueva forma de hacer política basada en ciudadanos ilustrados y conscientes de las posiciones de los diferentes grupos y candidatos? ¿Quién le teme a este tipo de debates?