Pasada esta mordaz campaña presidencial, los colombianos de todos los partidos, movimientos políticos y sectores sociales tenemos que trabajar muy duro para alcanzar unos acuerdos básicos para resolver varios problemas estructurales, sin cuya solución nunca saldremos del atraso y subdesarrollo.
Necesitamos compromisos, compartidos transversalmente por todos y durante varios gobiernos, para una política de paz y seguridad, para construir infraestructura, para luchar contra la informalidad, para mejorar la calidad de la educación, para corregir los problemas de la justicia y para una mayor eficiencia y transparencia del Estado.
Hay quienes argumentan que dichos acuerdos sólo son posibles después de verdaderas crisis nacionales, como el fin de la dictadura de Franco, para alcanzar los Pactos de la Moncloa, en España, o dos guerras mundiales para unir a Alemania y Francia y otros países alrededor de la Unión Europea, o los 17 años de la dictadura de Pinochet para unir a los demócratas chilenos alrededor de unos consensos básicos.
Para no ir tan lejos, muchos argumentan que, aquí mismo, hizo falta una dictadura militar y más de trescientos mil muertos durante la llamada Violencia de los años cincuenta para que las élites políticas, con Alberto Lleras y Laureano Gómez a su cabeza, pactaran la paz y acordaran el Frente Nacional.
¿Tenemos que esperar a una nueva guerra civil para lograr nuevos acuerdos fundamentales? Me niego rotundamente a creerlo. El Reino Unido es un buen ejemplo de política de Estado que los colombianos podríamos seguir para combatir a los que intentan alcanzar el poder por medio de la violencia. Allá, con el concurso de todos los partidos políticos democráticos, se logró el Acuerdo de Viernes Santo, que llevó a la desmovilización del Ira y a la paz. Un acuerdo de Estado similar siguieron los españoles en su exitoso proceso de lucha, debilitamiento y la final desmovilización de Eta. En el área de la infraestructura, los chilenos de todos los partidos y sectores sociales decidieron que querían tener las mejores autopistas de América Latina y similares a las de Europa y, en poco menos de 20 años, ya lo lograron. En un período similar, y prácticamente de la nada, los peruanos crearon y desarrollaron una agricultura de exportación que es la envidia de todos los países vecinos.
Los ejemplos que podemos citar de los países asiáticos son innumerables y, para quienes dicen que allá esas políticas sólo se han logrado con gobiernos dictatoriales, baste recordarles que ha sido, más bien, al contrario: las políticas de desarrollo han precipitado la democracia en muchos de ellos, como Corea del Sur, Hong Kong o Taiwán.
Quizá estos problemas estructurales son demasiado importantes y su solución demasiado complicada para dejárselas sólo a los políticos. De pronto, en Colombia lo que ha fallado es la falta de compromiso de otros sectores sociales. Por ejemplo, los empresarios, organizados alrededor del Consejo Gremial, podrían jugar un papel crucial para articular y proponer una visión sólida y compartida del país. O la academia, que muchas veces pareciese que no existiese y espera que la inviten como convidada de piedra a refrendar hechos cumplidos, podría jugar un papel similar.
Pasada la campaña electoral, comenzará la difícil y verdadera tarea de unir al país en torno a una visión compartida de futuro. Tenemos que lograrlo porque, como dijo Abraham Lincoln, una casa dividida no se puede sostener.