Una de las consecuencias más perniciosas de no haber podido cerrar el capítulo de la violencia ha sido que generaciones de colombianos han visto su juventud mermada o restringida, cuando no arrebatada.
La violencia ha atentado contra todo lo que requiere y pide la juventud. La juventud florece en una sociedad abierta. Pero una sociedad abierta también requiere y necesita una juventud imaginativa, crítica, deliberativa, soñadora y, también, que proteste, marche y se manifieste en las calles y plazas. Este no es artilugio retórico. El fundador del racionalismo crítico, Karl Popper, planteó que la sociedad abierta es aquella en la que es posible cambiar a sus gobernantes sin violencia. Es la que no sólo estimula, sino fomenta la crítica, en especial la crítica a las autoridades, por medio de multitud de instituciones, como el Congreso, una prensa libre e independiente, las universidades, los foros de opinión. Es esa sociedad donde “ninguna verdad es definitiva y el error es siempre probable”, y la que, con la ayuda de la crítica, aprende de los errores, para no repetirlos. Muchos años después, con ideas muy similares, Habermas argumentó que la democracia debe ser fundamentalmente deliberativa y, por su parte, el premio Nobel de Economía Amartya Sen, en su tratado sobre la justicia, planteó el concepto de gobierno con base en la discusión y la información.
Si una sociedad para ser abierta, para progresar, para ser más democrática y más justa, necesita la crítica, la deliberación y la discusión, debe no sólo ver con simpatía los movimientos juveniles, sino estimularlos y apoyarlos. Porque la juventud es, por naturaleza, todo eso: imaginación, crítica, deliberación, discusión, irreverencia y sueños de un futuro mejor. Pero, como argumentó Popper en su magistral obra de filosofía política, la sociedad abierta tiene muchos enemigos. En Colombia, el principal enemigo de la sociedad abierta ha sido la violencia que arrastramos ya por medio siglo. Han ejercido la violencia grupos de guerrilleros y de paramilitares u organizaciones cuasi legales que la han justificado con la fórmula de la “combinación de todas las formas de lucha”. Pero también han atentado contra la sociedad abierta quienes, desde la extrema derecha, acusan de terroristas o guerrilleros a quienes denuncian la desigualdad o una injusticia social, o aquellos quienes desde posiciones de izquierda acusan y señalan de paramilitares a quienes no comparten sus opiniones. Las dos extremas, en un ambiente de violencia, han atenazado la imaginación, la crítica, a la deliberación. Han polarizado al país, han atemorizado a la juventud y han impedido o dificultado el florecimiento de movimientos políticos, sociales y culturales abiertos y pluralistas. No es exagerado decir que, como consecuencia de la violencia, generaciones de colombianos no han tenido ni adolescencia ni juventud.
La solución a muchos problemas de Colombia comenzará cuando veamos a la juventud no como un problema, sino como parte de la solución. Cuando quienes ya tuvieron su oportunidad den un paso al costado, permitan el relevo generacional y dejen que sean los jóvenes quienes refunden los partidos. En medio de un paisaje que en muchos aspectos es desolador, estimula ver la llegada de muchachos brillantes a elevados cargos en el gobierno, en el Congreso, en los nuevos medios de comunicación, en la academia. Entre los partidos, quizá sólo en el Liberal es perceptible algo de relevo. Son cejas de luz en una historia donde ha habido muchas tinieblas. Pero aún falta un largo camino por recorrer.