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Resistencia a las hegemonías

25 de septiembre de 2016 - 09:00 p. m.

Este es un buen momento de reflexión de lo que somos, de dónde venimos y de lo queremos ser como país.

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No es un ejercicio fácil porque no contamos con consensos o ideas fuerza sobre la sicología de la gente, los grandes quiebres históricos o los logros y zozobras, como las que tienen, por ejemplo, los mexicanos con El Laberinto de la Soledad, de Octavio Paz. Desde que publicó su ensayo, en 1950, la mayoría, si no todas, las deliberaciones y conjeturas que han hecho nacionales y extranjeros sobre ese país han sido para afirmar o para refutar los argumentos de su autor, quien ejerció durante décadas un liderazgo casi hegemónico sobre la intelectualidad, en un país también proclive a muchos otros tipos de hegemonías.

Como contraste, Colombia ha sido una tierra poco abonada a las hegemonías. En el campo de las ideas intelectuales, en Colombia nadie ha ejercido un dominio semejante al de Paz. Pero tampoco en otras áreas, como en el santoral religioso y menos aún en el mundo de la política. En el mismo México, la virgen de Guadalupe ha ejercido un casi virtual monopolio de adoración y reverencia sobre los otros santos y santas. Como contraste, entre nosotros, en cada región encontramos figuras religiosas de fervor, como la virgen de las Lajas en el sur del país, la virgen las Mercedes —La Michita— en mi tierra, el Señor de los Milagros, de Buga, la virgen de Chiquinquirá en el altiplano Cundi-Boyacense, la Madre Laura en Antioquia, el Divino Niño y Nuestra Señora del Rosario, entre los bogotanos, entre otros.

Y, por supuesto, en la esfera de la política Colombia ha sido una tierra remisa a los gobiernos dictatoriales, a las autocracias y a los caudillos, como los de los Santanas, Porfirio Díaz, Pérez Jiménez, Somozas, Castros, Chávez y los Maduros. Desde los albores de la república, y a diferencia de la mayoría de los países de la región, nuestro país ha sido liderado por gobiernos civilistas, que han sido elegidos por medio de elecciones y que han hecho un uso limitado del poder.

Consistente con este diagnóstico, en 1959, el presidente Alberto Lleras planteó la necesidad de construir un gran propósito nacional sobre la base de un ethos o carácter de los colombianos. Lleras era consciente de la dificultad de encontrarlo, pero se atrevió a argumentar que, si había un común denominador de los colombianos, era su apego a la libertad, concebida en su sentido lógico como negativa, como ausencia de coacción externa para la realización de fines y metas. Por supuesto, lo planteó como un punto de partida para la construcción de ese gran proyecto nacional, un ethos que era y es consistente y consecuente con la historia de un país de regiones fuertes que han aborrecido los gobiernos autoritarios, en una de las geografías más quebradas del continente y con culturas, modos de hablar, músicas y hábitos de comer y de vestir tan disímiles como si fueran casi de naciones diferentes.

Un democracia plena, con un Estado social de derecho, requiere, por supuesto, mejorar y alcanzar muchos objetivos en todas las esferas. Pero, para quienes creemos que el poder debe estar limitado tanto en el espacio como en el tiempo, nos da mucho alivio saber que Colombia tiene esas resistencias profundas a todo tipo de hegemonías. Vengan de donde vengan.

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