La dictadura de Venezuela oculta muchas noticias sociales y políticas, las cifras de la economía y evita, cuando no le conviene, reconocer las lecciones de la historia.
La prensa y la televisión de ese país, férreamente censurados por el régimen, solo informaron la sentencia condenaría de Leopoldo López dos días después de haberse producido, cuando el país ya se había enterado por las redes sociales y por la televisión por cable. Desde hace unos nueve meses, el Gobierno no publica el dato de inflación en un vano intento por esconder que Venezuela tiene la inflación más alta del mundo. Pero, como todos los Gobiernos despóticos, cínicamente también oculta las lecciones de los documentos históricos, como la Carta de Jamaica, de Simón Bolívar, para la práctica política actual.
Porque, con un impudor que raya en lo increíble, Nicolás Maduro viajó a Jamaica, el 6 de septiembre, para conmemorar el famoso documento del Libertador y resaltar su sueño de “integración y de unidad” latinoamericanos, en el mismo momento en que destruía las viviendas y expulsaba a cientos de colombianos humildes que viven en Venezuela.
Sé que es mucho pedirle a Maduro y a Cabello que entiendan y, menos aún, que sean consistentes y consecuentes con la Carta de Jamaica, razón por la cual es también necio hacerlos leer y entender el Manifiesto de Cartagena. Escrito en 1812, entre otros temas, Bolívar discute allí la situación económica de su patria y describe una situación que parece redactada para la Venezuela de hoy.
Con una claridad que, a veces, parece la de un profesor de teoría monetaria, Bolívar argumenta que “la disipación de las rentas públicas en objetos frívolos y perjudiciales, y particularmente en sueldos de infinidad de oficinistas, secretarios, jueces, magistrados, legisladores, provinciales y federales, dio un golpe mortal a la República, porque la obligó a recurrir al peligroso expediente de establecer el papel moneda, sin otras garantías que las fuerzas y las rentas imaginarias de la confederación”. Precisamente, dos siglos después, el gobierno de Venezuela ha acudido a la emisión monetaria para financiar un déficit fiscal, según The Economist, de —léase bien— un 16.5 % del PIB, lo que ha producido la inflación más alta del mundo.
Pero los gobernantes venezolanos deberían prestarle particular atención a las consecuencias que, según Bolívar, podrían tener estas masivas emisiones. Según el Libertador, “esta nueva moneda pareció a los ojos de los más, una violación manifiesta del derecho de propiedad, porque se conceptuaban despojados de objetos de intrínseco valor, en cambio de otros cuyo precio era incierto y aun ideal. El papel moneda remató el descontento de los estólidos pueblos internos, que llamaron al comandante de las tropas españolas, para que viniese a librarlos de una moneda que veían con más horror que la servidumbre”.
Solo ahora, pocos meses antes de las elecciones legislativas, la dictadura descubre que en ese país viven cinco millones de colombianos. No se habían dado cuenta que, la mayoría de ellos, están allá desde hace más de 30 años, en sana y pacífica convivencia con sus hermanos venezolanos. En lugar de culpar a esos compatriotas, la mayoría de los cuales tienen ciudadanía de Venezuela, Maduro y Cabello deberían entender que son ellos mismos los responsables de los problemas de escasez, inflación y devaluación masiva de la moneda. Harían bien en leer a Simón Bolívar.