La semana pasada, Aura Lucía Mera, a quien siempre leo con admiración y aprecio, escribió sobre el renacer de Tumaco, el puerto de mi departamento sobre el Pacífico.
Escribe de plantas eléctricas que se construyen para que la ciudad no se vuelva a quedar sin luz, de los $72 mil millones para la bocatoma de la planta de Bucheli para concluir el acueducto, de los $130 mil millones para la vía binacional que conectará con el Ecuador, de los $3 mil millones para la acuapista Tumaco-Guapi. Escribe también del plan de alcantarillado, de créditos millonarios para la recuperación de los cultivos de palma, arroz, cacao, la pesca y el comercio; de subsidios para el consumo del gas a los estratos bajos, de la construcción del malecón, de una nueva sede para el Sena, entre otras cosas.
Al plantear un futuro promisorio, Aura Lucia Mera describe también el lugar privilegiado donde se asienta Tumaco, sus playas y esteros, las sabanas fértiles, su gente cálida y alegre, con la risa a flor de labio, y los días interminables que se inician con amaneceres iluminados y transparentes y atardeceres alucinantes. Dice que todo esto no son cantos de sirena, que son hechos reales.
Infortunadamente —¡ay qué dolor!— lo único real de todo esto, hasta ahora, son la calidez y bondad de los tumaqueños y los amaneceres y atardeceres alucinantes. De lo demás nada es aún real, a pesar de que ya se hayan adjudicado los $700 mil millones para hacer esas obras. Porque, como ella misma lo afirma, esto es un plan quinquenal 2014-2020. Como han sido otros planes en el pasado para construir el acueducto, el alcantarillado, el estadio y el puerto pesquero. Y no solo en Tumaco.
Lo mismo ha pasado con el acueducto de Yopal, con el de Riohacha, en donde solo hay agua unas pocas horas a la semana, o buena parte de los barrios de Cartagena, como El Mirador, o como el agua para La Mesa y Anapoima, que “este noviembre ya llega”, como lo han afirmado las autoridades desde hace unos siete años.
Explicar por qué no se hacen las obras y se pierde o se roban la plata no es fácil. Dependiendo de la región, eso es una consecuencia de la forma de hacer política, de la presencia de grupos armados ilegales y de la falta absoluta de control por parte de las autoridades y de la opinión pública.
En esta columna he argumentado que un primer paso para combatir este flagelo sería llevar al sector público los sistemas de planificación financiera que tienen las empresas medianas y grandes del sector privado, los llamados ERP, de los cuales SAP es el más conocido. Si hubiese la obligación de ejecutar todos los proyectos de inversión en un sistema de estos —que son en tiempo real y pueden ser abiertos al público—, podríamos saber cuánto se ha girado a las fiducias, de estas a los contratistas, y los interventores podrían reportar, en tiempo real, la ejecución de las obras. Como lo hacen las empresas privadas para rendir cuenta a sus accionistas, la tecnología ya permite realizar este tipo de seguimiento. Su implementación en el sector público es una decisión política que debería ser acogida a la brevedad. Este sería un primer paso para que las obras públicas efectivamente se ejecuten. Y para que los sueños se vuelvan realidades.