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Transmilenio de la Séptima

07 de enero de 2019 - 12:00 a. m.

La construcción del Transmilenio sobre la carrera Séptima de Bogotá ha recibido muchas críticas, en su inmensa mayoría injustificadas y en gran medida basadas en el resentimiento y la envidia de los opositores políticos del alcalde. Pero también creo que, por parte de la Alcaldía, ha hecho falta un discurso que explique mejor lo que está haciendo y, sobre todo, los fines que pretende alcanzar con su programa de gobierno y con sus proyectos específicos, como el Transmilenio de la Séptima. En alguna medida, creo que tiene que recobrar una parte de los fines y valores del discurso de su primera administración, valores que compartió también con las administraciones de Antanas Mockus, gobiernos que cambiaron radicalmente la cara de Bogotá.

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En primer lugar, esas administraciones, al igual que la actual, acertaron en buscar la eficiencia de los recursos, en incrementarlos, luchar contra la corrupción y proponerse maximizar el beneficio-costo en todos sus proyectos. Segundo, en esas administraciones, y también en la actual, se tuvo una correcta visión de los bogotanos como personas libres, autónomas, con responsabilidad para escoger y ejecutar sus propios planes de vida y para consumir de acuerdos a sus gustos y preferencias. Es una visión de las personas como adultos que asumen sus responsabilidades y asumen también la carga de escoger, una visión alejada de concepciones paternalistas y tribalistas de la sociedad, en las que el jefe máximo sabe y ordena lo que hay que hacer. En tercer lugar, esas administraciones Peñalosa-Mockus plantearon objetivos que fueron mucho más que la búsqueda de la eficiencia y el respeto a la libertad y autonomía de las personas. Guardando estos principios, plantearon una política explícita de mejoramiento de la cultura pública, de las virtudes cívicas y un sentido de comunidad. El espacio público adquirió una importancia jamás imaginada. Se invirtió y se mejoraron los colegios públicos, se construyeron cientos de parques y se renovaron antiguos, se instalaron juegos para los niños, se construyeron cientos de kilómetros de ciclorrutas, se abrieron nuevas librerías y se invirtió en museos. Sí, y también se construyó el Transmilenio y se expandió considerablemente su cobertura. Pero, tanto o más importante que la materialidad de estas obras, la eficiencia con que se construyeron y su aporte a la libertad de los ciudadanos, esas administraciones plantearon explícitamente el propósito de crear una comunidad compartida, un sentido de pertenencia a un bien común, unos espacios de encuentro de personas de diferentes orígenes sociales, ricos y pobres, jóvenes y viejos. Y también un espacio de educación cívica en el que todos aprendiéramos a respetar a los desconocidos, a ceder el paso, a no pitar, a cruzar las calles solo sobre las cebras, a valorar el espacio publico. De pronto no se hizo explícito en su momento, pero también fue una aplicación del concepto de virtud del estagirita, cuando argumentó que la virtud cívica no se aprende en los libros, sino practicándola día tras día.

Claro que hay que hacer el Transmilenio de la Séptima. Claro que aumentará la eficiencia, reducirá costos de transporte, ahorrará dinero y limpiará el aire. Claro que fortalecerá la libertad y la autonomía de los ciudadanos. Pero también será un lugar de encuentro de personas de diferentes orígenes sociales, de ricos y pobres, de jóvenes y viejos y, en esa medida, un espacio que ayudará a fortalecer la ciudadanía y la convivencia.

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