Mauricio Garcia Villegas ha retomado el argumento según el cual uno de los problemas de Colombia es no haber tenido mitos fundacionales grandes, como sí lo tuvieron los franceses con la toma de la Bastilla. Según él, lo que tuvimos los colombianos fue solo un bochinche, el florero de Llorente.
Y lo que vino después, comenzando con la llamada Patria Boba, tampoco evoca un pasado épico, con sucesos memorables, sino una conflictividad violenta, que se repite de manera recurrente. Y, para colmo de males, nuestra violencia, a diferencia de la de otros países, no ha tenido un efecto renovador y reconstituyente. Pero García es optimista, pues espera que, con la firma de la paz con las Farc, logremos obtener un gran mito fundacional.
Basado en la revisión de una nueva y rica historiografía, Eduardo Posada Carbó ha respondido que es necesario reemplazar el estereotipo de la Patria Boba por otro que, sin desconocer errores y fracasos, reconozca también lo novedoso que fue en su época el constitucionalismo, el experimento de gobierno representativo, la libertad de prensa y el comienzo de una larga historia de civilidad, y que, por estas razones, sería más lógico definir a este período como la Primera República.
A estos argumentos, García Villegas responde que a dicha historiografía le falta incluir elementos de sociología política, pues se basa más en análisis de textos y discursos, que hacen ver a este período como más liberal y democrático de lo que realmente fue. Frente a esto, Posada manifiesta que nadie pretende argumentar que, en esos primeros años, tuvimos una democracia liberal, como la entendemos hoy, pues en esa época ésta no existía en ninguna parte del mundo.
Las experiencias históricas de otros países le dan la razón a Posada Carbó. Por ejemplo, en su gran ensayo sobre Mirabeau, Ortega y Gasset argumenta que, analizada por sus consecuencias reales —por los hechos sociológicos, como diría García —, la Revolución francesa fue un fracaso. Porque, en lugar de inaugurar un nuevo régimen que prometía una novedosa primavera de igualdad, libertad y fraternidad, lo que se obtuvo fue una violencia brutal, que devoró a muchos de sus hijos, un golpe militar cuyo jefe decidió proclamarse emperador y una de cuyas primeras acciones fue recorrer París en el mismo coche que utilizaban los reyes, para luego implantar un régimen que persiguió y exilió a los pensadores liberales, como Madame de Staël, crear una conflagración en todo el continente y, finalmente, conducir a la restauración de los Borbones. Por eso, Ortega afirma que los principios defendidos por la Revolución tardaron quizá un siglo en instaurarse. No por ello se les ocurrió a los historiadores franceses llamar a este período el Siglo Bobo, o algo por el estilo.
Después de todo, un buen análisis histórico tiene en cuenta tanto los textos como los hechos, con un espíritu que entiende que las sociedades se desenvuelven a base de pruebas y errores y reconocen que, así como jamás habrá un fin de la historia, es fútil soñar también con un nuevo comienzo, con una arcadia que traerá la felicidad definitiva.
Por esas mismas razones, no necesitamos un nuevo mito fundacional y, menos aún, nuevos refundadores de la República. Yo me quedo con Bolívar, Santander y Antonio Nariño.