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Un gran colombiano

10 de junio de 2018 - 09:00 p. m.

Pocos colombianos han estado tan bien preparados para la Presidencia de la República como Iván Duque, un hombre de firmes principios. Porque en sus libros, en sus columnas de prensa o en sus debates del Senado, en forma consistente, ha planteado su invariable convicción en la democracia liberal y en las instituciones republicanas. Duque cree genuinamente que el poder debe ser limitado, no solo en el espacio, sino también en el tiempo, que los pesos del gobierno deben tener contrapesos, que, por más que haya elecciones, la democracia no es realmente democracia si no existe una verdadera separación de poderes, si no hay libertad de prensa y de opinión, o si el poder electoral no es independiente.

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Iván Duque cree en la economía de mercado como el sistema más adecuado para crear prosperidad, empleo formal y recursos para el Estado. Cree en la autonomía individual y en la capacidad de cada persona para forjar su destino, pero también es muy consciente del papel del Estado como regulador y supervisor y como redistribuidor del ingreso para los más necesitados y para las personas con discapacidad física y mental, bajo el principio de solidaridad, que consagra el artículo 48 de la Constitución.

Consistente con sus principios, antes y durante la campaña presidencial, Duque se situó, así, al extremo opuesto de perfiles oportunistas y camaleónicos, como el de Hugo Chávez, quien, para hacerse elegir a la Presidencia de Venezuela, llegó a decir, no solo que respetaría la economía de mercado y la separación de poderes, también afirmó que Fidel Castro era un dictador.

Por supuesta asociación, varios analistas y columnistas se han dedicado a atacar a otras personas de su campaña y muy pocos han tenido la entereza y honradez de opinar sobre sus ideas, sus convicciones y su carácter. Porque, buscando esqueletos, han hurgado su pasado y solo han encontrado rectitud, consistencia, carácter e inteligencia. Por eso, o callan o se inventan muñecos y espantajos para acuchillarlos.

Abogado muy versado en economía, Duque es un intelectual, un devorador de textos, que ha leído a los clásicos de la filosofía política y de la historia, de todas las tendencias. Ha escrito libros, como el de la Economía Naranja, y ha editado otros, como los ensayos sobre ‘El Príncipe’, de Maquiavelo, escritos por personajes de nuestra historia. Considerado el mejor senador del pasado cuatrienio, se ha distinguido por ser categórico con sus ideas y respetuoso con las de sus opositores.

Pero, más allá de sus conocimientos, sus libros y sus exposiciones, Duque es un genuino intelectual, porque adopta la verdadera actitud racional, que no es otra que la de aprender, con base en la crítica y la controversia respetuosa de los errores, para no repetirlos. Por su juventud, capacidad de lograr acuerdos y vocación de conciliación, recuerda a un Alberto Lleras, cuando asumió la Presidencia a sus 39 años. Por su afán de modernizar a Colombia, por su aspiración por resolver los problemas nacionales, por asumir retos antiguos y nuevos, y por mirar hacia el futuro, sin espejos retrovisores, recuerda a Emmanuel Macron, el joven presidente de Francia.

Qué suerte tiene el país de que una nueva generación de colombianos, así liderada, asuma las máximas responsabilidades del Estado para unir al país y para trabajar por una Colombia más próspera y más justa. Y para defender la libertad, nuestro más precioso tesoro.

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