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¿Un país fracasado?

10 de marzo de 2019 - 03:13 p. m.

En todo el mundo, analistas, políticos y columnistas incurren a menudo en el llamado “sesgo de selección”. Se afirma, por ejemplo, “todos los cantantes de ópera son ricos”, porque, usualmente, los medios de comunicación solo muestran a los famosos, como Plácido Domingo, José Carreras o al peruano Juan Diego Flórez. Pero resulta que, cuando se tiene en cuenta a todos, no solo a los famosos, la mayoría tienen ingresos muy modestos y muchos trabajan en restaurantes como meseros para poder vivir y pagar sus obligaciones.

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Este error es común encontrarlo en todas las áreas del conocimiento y, por supuesto, también en el análisis de la historia de Colombia. Un caso extremo de este sesgo de selección fue la columna de Sergio Ocampo Madrid, hace un mes, aquí en El Espectador. Un gran escritor y una excelente persona, Ocampo escogió cinco fotos de Colombia, las que define como el álbum de la ignominia, e incluye una foto del cadáver de Juan Roa Sierra y la de un pájaro, a punto de morir por la contaminación de petróleo, producto de un atentando del Eln al oleoducto Caño Limón-Coveñas. Según Ocampo, estas fotos son símbolos, entre otras cosas, de la violencia y de la represión política, por lo que concluye que Colombia es un país fracasado.

Es tan poco riguroso este procedimiento metodológico, que alguien que llegara a escoger cinco fotos sobre logros notables podría concluir exactamente lo opuesto y argumentar que la historia de Colombia es un éxito absoluto. Pero, por supuesto, dicha conclusión también adolecería del sesgo de selección y sería, por lo tanto, mentirosa sobre nuestros logros y frustraciones.

¿Qué hacer, entonces? ¿Cómo establecer un diálogo y una discusión ordenada que nos conduzca a evaluar en forma objetiva los logros y fracasos de nuestro país? Yo diría dos cosas. Primero, hacer un esfuerzo por dejar a un lado los prejuicios, tanto la fracasomanía como la exitomanía. Y, consistente con esto, tenemos que erradicar el sesgo de selección y acudir a fuentes estadísticas lo más amplias posibles, tanto transversal como longitudinalmente en el tiempo. Algunos ejemplos son los siguientes. La esperanza de vida al nacer promedio de todos los colombianos en 1900 era de tan solo 38 años, hoy es de 74; la mortalidad infantil al comenzar el siglo XX era de 204 por cada 1.000 niños nacidos vivos, hoy está en solo 14. Hacia 1830, la cobertura bruta de educación primaria era de solo un 9 %, en 1900 había subido a tan solo 21 %, pero hoy está por encima del 100 %. Hacia 1900, el 92 % de los colombianos eran pobres, hacia mediados del siglo XX un 85 % aún lo eran, pero ahora solo es pobre alrededor de un 25 %. Por supuesto, muchas variables pierden su brillo cuando las comparamos con las de otros países, como la tasa de homicidios, que está en 24 por cada 100.000 habitantes, mientras en un país como Chile está por debajo de dos.

Si hacemos este tipo de ejercicio vamos a encontrar una visión más objetiva, más cierta, sobre nuestros logros y frustraciones, después de dos siglos de vida política independiente. No tenemos aún los niveles de bienestar y la estabilidad sociopolítica de los países escandinavos, pero vivimos mucho mejor que las generaciones que nos precedieron, les guste o no les guste a quienes, sin ver los datos, ya tienen una conclusión.

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