Siempre me ha intrigado nuestra tendencia a tratar de solucionar los problemas con una nueva ley o una nueva Constitución.
Ante las dificultades que enfrenta la justicia con los procedimientos para elegir a los magistrados de las distintas cortes, por ejemplo, el sentido común diría que habría que concentrarse en solucionar ese problema con propuestas concretas. Pero no. Aquí no se adopta la vía de solucionar un problema concreto, sino se impone una actitud de ver un mal estructuralmente mayor, una actitud totalizante que quiere resolver todos los problemas “de una vez y para siempre”, usualmente con una nueva ley o Constitución.
Según algunos, esta actitud es consecuencia del santanderismo o la tendencia a creer que el ser humano es fundamentalmente un Homo Juridicus, que se comporta exclusivamente como lo indican los textos jurídicos. Seguramente algo de esa cultura existe, así como existe también el hábito entre muchos economistas a creer que el ser humano es solo un Homo Economicus, una especie de algoritmo que lo único que hace son ejercicios de beneficio costo. Esas visiones son parciales y, por lo tanto, equivocadas, pues el ser humano es muchas cosas a la vez, es un Homo Economicus, es un Homo Juridicus, pero también un Homo Qui Deliberat, un Homo Videns, entre muchas otras.
Pero, más allá de una actitud, como el santanderismo, también creo que en nuestra cultura hay algo mucho más hondo y mas irascible que es menester comprender y descifrar en los hábitos, tradiciones, aspiraciones, mitos y metáforas que heredamos del pasado.
En un país con una fuerte tradición religiosa, entre todos esos mitos y aspiraciones, sin duda, ninguna más fuerte que la del paraíso celestial trasladado al mundo terrenal. Es el sueño totalizante, de un mundo inmejorable, estático, sin prisas, angustias, odios, envidias, en que todos seremos hermanos. Es la visión hispánica del orden medieval, traída por los conquistadores, encomenderos y misioneros, una visión reaccionaria que vio con horror los cambios inducidos en el resto de Europa por el crecimiento de las ciudades y el comercio y por la explosión intelectual del Renacimiento.
Por supuesto, ya nadie defiende esa visión del mundo, y de la sociedad plasmada, por ejemplo, por Dante en la Divina Comedia, pero sí es perceptible la aspiración a un ordenamiento total y único, un orden social y jurídico seguro, estático y definitivo, un mundo en que los seres humanos no tendrán que decidir nada y estarán libres de toda responsabilidad individual. Unos ven ese paraíso, esa Arcadia, esa Edad Dorada, esa Solución Final en el pasado, en tanto otros la conciben en el futuro, pero, una vez alcanzada, ya no serán necesarios más cambios, mas revoluciones, nuevas leyes o nuevos textos constitucionales.
Frente a esta visión totalizante, existe otra que concibe, no un mundo perfecto, sino uno perfectible o mejorable y, por lo tanto, siempre cambiante. Un mundo en que es posible corregir un problema sin necesidad de cambiarlo todo y acepta que el futuro es impredecible. Un mundo en que los individuos cargan la pesada carga de la responsabilidad individual. Un mundo en que unos valores pueden chocar con otros y exige procedimientos de decisión, como los de la democracia representativa. Es una visión que aspira, no a lo total, homogéneo y perfecto, sino a lo mejorable y diverso. Es una visión que Colombia urgentemente necesita.