SE EQUIVOCAN QUIENES CALIFICAN la actual crisis de la frontera y la expulsión de colombianos como producto de la “demencia” de Nicolás Maduro, o del manejo incompetente de su economía, que lo hace buscar chivos expiatorios a sus problemas.
También se equivocan quienes atribuyen las deportaciones a los excesos y manejos impredecibles del “déspota tropical,” o del “sátrapa” Maduro y del “gorila” Cabello, calificaciones que personalizan y no ayudan a entender la crisis. No, el problema es de mucho más fondo y esta situación va para largo.
Es verdad que, en muchos aspectos, Chávez y Maduro encarnan una tradición del dictador populista, al estilo de Cipriano Castro, Juan Vicente Gómez o Pérez Jiménez. El grito desaforado, los discursos interminables, el comportamiento impredecible, la corrupción, el fraude electoral y el Gobierno autocrático son elementos comunes a esa tradición populista y caudillista.
Pero, como dicen que repetía Laureano Gómez, a la gente hay que creerle. Y, aunque Hugo Chávez ya está muerto, su proyecto político no lo está y lo mantiene muy vivo Diosdado Cabello y el chavismo hegemónico de las fuerzas armadas. Me temo que hay que creer en las intenciones que mantiene ese grupo por crear una sociedad socialista, basada en el modelo de Cuba.
Chávez lo explicó, lo repitió hasta la saciedad y lo plasmó en el eslogan “socialismo, patria o muerte”, inspirado en el “patria o muerte” de los cubanos, y que el Che Guevara proclamó en la ONU, en 1964, levantando atronadores aplausos de los delegados de todos los países del llamado tercer mundo.
Para muchos, esta es una narrativa equivocada, obsoleta y hasta ridícula. Pero es innegable la consistencia entre dicho discurso y las políticas gubernamentales que ha tratado implementar el régimen chavista. En lo social, han estado encaminadas a la eliminación de la llamada oligarquía o casta de los “escuálidos” o “pitiyanquis” —y sus cómplices extranjeros, como los “lanudos” de Bogotá— a favor de los sectores populares y organizaciones sociales. En lo político, el objetivo ha sido la fragmentación y destrucción de los viejos y nuevos partidos que definen como anti revolucionarios y la consolidación de un gran partido único y socialista. Y, en lo económico, el reemplazo del capitalismo por una economía crecientemente estatal y centralizada.
En lo internacional, la política ha sido la denuncia permanente del imperialismo norteamericano, la alineación absoluta con el régimen cubano y la creación de nuevos organismos internacionales, como la Unasur y el Alba, sin ninguna duda, su política más exitosa, pues debilitó estrepitosamente a la OEA como mediadora de los problemas del hemisferio.
Para lograr estos objetivos, el régimen se ha tomado el poder electoral y el poder judicial, ha detenido y encarcelado a los opositores, ha amordazado a la prensa y a la televisión y ha autorizado disparar en las calles a los manifestantes de la oposición. Además, le entregó el manejo de los organismos de seguridad, el notariado y registro, las aduanas y la migración al gobierno de Cuba.
Por estas razones, no podemos ser ingenuos o incautos: el régimen está, y estará, dispuesto a hacer lo que sea para mantenerse en el poder. Las deportaciones masivas de colombianos son solo un capítulo de este proceso. Chávez juró muchas veces que jamás entregaría el poder. Cabello y sus generales siguen repitiendo la consigna “socialismo, patria o muerte”.