Si yo pudiera votar en las elecciones de los Estados Unidos, lo haría por el presidente Obama.
Más allá de los resultados económicos de su gestión, que son aceptables en el contexto de la peor crisis económica de la posguerra, me gusta Obama porque ha hecho un esfuerzo por gobernar con base en unos principios claros y simples. Aun en medio de tantas dificultades, Obama ha hecho un llamado para que los norteamericanos razonen por la construcción de una sociedad justa, basada en el bien común. Ha llamado a los jóvenes a cultivar una preocupación por la sociedad, a tener un sentido de comunidad, que concibe como algo mucho más que la suma de los esfuerzos individuales. Cree en la economía de mercado, pero reconoce que los mercados son imperfectos, que existen externalidades y, por lo tanto, existe un espacio para la provisión de bienes públicos por parte del Estado. No sólo en temas tradicionales, como la defensa, la seguridad y la justicia, sino también en todas aquellas actividades en donde la acción colectiva no se da espontáneamente y es necesario, por lo tanto, imponerla, como con la mutualización de los riesgos de la salud. Por razones similares, Obama también cree que el Estado debe desempeñar un papel promotor en la educación, la ciencia, la tecnología y la innovación, y en algunos sectores estratégicos, como el de las nuevas fuentes de energía. Sin la decidida participación de su gobierno no se habría salvado el sector automotor. Como bien lo pudieron concebir políticos conservadores, como Thomas Jefferson o Teddy Roosevelt, el Estado no necesariamente tiene que ser grande, pero sí ser fuerte para regular y supervisar a los mercados y controlar y castigar los abusos de los poderosos. Obama ve en la diversidad de las comunidades latinas, asiáticas o afroamericanas un factor de fortaleza de los Estados Unidos.
Por el contrario, Rommey y Paul Ryan creen que el progreso de los Estados Unidos es y será a pesar de estas comunidades. El Tea Party, que capturó al partido republicano, cree, como Robert Nozick, en un Estado mínimo, limitado a hacer cumplir los contratos y a defender las libertades negativas. Tiene una fe ciega en que la promoción del lucro individual resolverá todos los problemas de la sociedad, incluso a costa de mantener y generar aún más desigualdad en el ingreso y la riqueza, y extiende esa visión utilitarista a su concepción de la justicia y de la moral. Mientras Obama cree en la economía de mercado, Rommey y Ryan creen en la sociedad de mercado. En tanto para Obama Dios es uno para todos los humanos de la Tierra, para estos nuevos republicanos Dios es de piel blanca, anglosajón y, por supuesto, republicano.
De Obama me gusta también su respeto por el conocimiento y su actitud de humildad frente a los secretos y los misterios del universo, de donde se deriva su pluralismo y su talante tolerante. Por el contrario, los doctrinarios del Tea Party presumen que ya tienen todas las respuestas y se sienten poseedores de la verdad y de las soluciones definitivas a los problemas de la sociedad. De allí su desconfianza y aun desprecio por los intelectuales. Pocas veces las diferencias entre los candidatos a la Presidencia de los Estados Unidos han sido tan claras y tan definidas.