No soy una persona religiosa, pero a menudo me da un placer masoquista pasar horas enganchado a esos debates de YouTube que enfrentan a científicos de un ateísmo militante con los soldados de Dios. Sufro porque en mi infinita prepotencia percibo que todos, tirios y troyanos, están perdiendo de vista el sustrato antropológico de la religión. Y ante todo, que su esencia es inefable.
La escena: sientan a un científico entre un pánel de creyentes y sacerdotes, como al gladiador de la película de Ridley Scott, y él va enfrentando a contrincantes que, uno a uno, caen derrotados por el acero de sus argumentos y las transparentes estocadas de la lógica.
Mis debates favoritos son los que protagoniza Lawrence Krauss, el cosmólogo autor de Un universo de la nada, porque no tiene el insoportable tonito soberbio de Christopher Hitchens, ni el tonito de condescendencia intelectual de Richard Dawkins. Krauss es soberbio y condescendiente, claro, pero no tiene el tonito. Hubo, sin embargo, un momento en que quedó desarmado.
Fue durante un debate en la televisión australiana (https://www.youtube.com/watch?v=iaHxBFwod9Q ). Krauss le dijo al primer reverendo australiano en declararse homosexual: «No entiendo por qué sigues en la iglesia. En la Biblia dice que los hombres que se acuesten juntos deben ser ejecutados; mira, tú podrás interpretar todo lo que quieras, pero al final tendrás que desechar cosas. Claro, puedes decidir que eres cristiano, tomar de la Biblia lo que te interese, descartar todo lo que no, al igual que la mayoría de cristianos, ¿pero por qué no simplemente descartar todo, amar al prójimo, ser feliz y ser gay?».
El reverendo dice estar contento de poder responder a esa pregunta: «Porque quiero tener la experiencia de un Dios vivo en mi vida. Por eso sigo siendo religioso», dice.
Krauss no puede responder a eso. Nadie puede responder a eso porque no tiene sentido. ¿Qué es eso de «tener la experiencia de un Dios vivo»? Sólo puede comunicarse en un lenguaje poético, con metáforas, ¿pues qué es un Dios vivo en contraposición a un Dios muerto? Lo entienden quienes lo sienten. Aunque quizás pueda entenderse también de otra manera: consumiendo alguna droga con dimetiltriptamina -la «molécula divina»-, como el ayahuasca, que dispara las experiencias místicas. Es una teoría poderosa: las religiones bien habrían podido originarse porque nuestros lejanos ancestros consumían alucinógenos. Vemos que muchas religiones hoy siguen integrando estas sustancias divinas a su «experiencia de un Dios vivo»; aunque obviamente es posible también sentir una experiencia religiosa sin consumirlas. La dimetiltriptamina es una molécula que se encuentra naturalmente en el organismo humano.
Pero esta explicación no da cuenta del valor de la experiencia. Nadie puede sustentar las ventajas de ser religioso sobre el no serlo, porque no hay ningún motivo para ser religioso. La conveniencia de la religión es un debate que la religión jamás podrá ganar, pero no tiene por qué hacerlo. Sería como jugar al fútbol en una cancha de baloncesto.
La religión es, no se sustenta. Esa manifestación cultural terrible, temible, sublime y espléndida es indisociable de lo humano, y difícilmente dejará de existir en alguna de sus inagotables permutaciones, incluso cuando nadie crea en Dios, como lo demuestra el comunismo, la religión del siglo XX. Por eso los ateos, al fin y al cabo, nos vemos tan ridículos cuando argumentamos en contra de la religión. Bien podríamos tratar de tumbar la luna a pedradas.
Esto porque lo esencial de la religión, al igual que la poesía, es que su poder mana de las dimensiones irracionales de lo humano. Por eso la fe es su valor supremo, y el creyente más enaltecido es el que sigue creyendo incluso cuando tiene toda evidencia de lo contrario. Los locos, los niños y los tontos son figuras de un enorme poder simbólico para las religiones.
Lo debatible es si esa dimensión irracional, así como las tradiciones y textos que ha legado, son todavía una fuente adecuada para sustentar la legislación de las sociedades contemporáneas. Si el homosexualismo debería perseguirse porque lo dice la Biblia, o si deberíamos ignorar lo que dice la Biblia porque sus textos más recientes fueron escritos por pastores de ovejas hace dos mil años. En efecto, los textos sagrados están un tanto desactualizados con respecto a las sensibilidades y necesidades contemporáneas.
Quizás la religión tiene problemas precisamente cuando sus ambiciones se desbordan. Quizás ninguna religión debería estar tan lejos de su origen y de su contexto como lo están las religiones monoteístas del Medio Oriente. El cristianismo habría debido mantenerse en su mundo de pastores, como una secta judía, pero canibalizó al Imperio Romano. El islam no habría debido desatarse en medio mundo de invasiones y conquistas. El judaísmo no habría debido ser diáspora En ese sentido, serían las religiones indígenas, locales, indisociables de una tribu y un territorio, las menos contaminadas por esa sed de supervivencia que por los mismos motivos corrompe a los dictadores. Pero estas reflexiones contrafactuales son tan inútiles como los debates sobre la conveniencia de las religiones.
Hablo de este tema porque mañana asistiré a un taller de dos días en la Universidad Javeriana, organizado por Naciones Unidas, donde se reunirán sacerdotes católicos, anglicanos, mormones, rabinos, imanes y líderes espirituales indígenas, entre otros, para discutir cómo contribuir a la protección efectiva del medio ambiente y las selvas, y cómo luchar contra el cambio climático. Me intriga y me interesa. Me interesa bastante. La próxima semana les contaré lo que se habló.
Twitter: @santiagovillach