Un Dios de tres rostros, que parece más una alienante deidad hindú que el Jesús caribonito, blanco y dulce del catolicismo mediterráneo, del cristianismo Facebook. Esta representación artística de la Divina Trinidad probablemente fue obra del maestro neogranadino Gregorio Arce y Ceballos, e hizo parte de la exhibición con la que se celebraron la semana pasada los 75 años del Museo de Arte Colonial. Entre sus muchas e impactantes piezas barrocas, esta es sin duda mi favorita.
Fue censurada. Durante la Contrarreforma la Iglesia impuso estrictas limitaciones a cómo podía representarse lo sagrado, que era además la forma más directa de comunicar la religión, en un mundo en el que pocos hablaban latín: la lengua de la Biblia y en la que se daba la misa. Las imágenes religiosas eran la novela gráfica de la mitología cristiana.
El Dios trifásico es una curiosa práctica que inició en el siglo XIII, y en torno a la que hay cierta oscuridad y mucha especulación —o ya está todo claro y yo sigo en la ignorancia—. Durante mis estudios universitarios de historia quise ahondar en el tema del Dios trifásico en el arte religioso colonial, pero desistí de ello por la falta de bibliografía. Era el año 2002 y el internet aún resultaba más o menos primitivo para este tipo de investigaciones. Toda la información seguía disponible tan sólo en las bibliotecas bogotanas.
Se sugerían algunas hipótesis que acaso podré estar adornando en retrospectiva: una estrategia subrepticia con que los judíos conversos incluían la cábala en la representación de Dios; también del resurgimiento involuntario, tectónico, de esas otras divinidades más antiguas y estructurales —las Moiras griegas, el Lug de los celtas, Hermes Trismegisto—; o de sofisticadas influencias neoplatónicas sobre el arte religioso.
Sea como fuere, en 1774 llegó a América la orden del papa de eliminar toda imagen del Dios trifásico, por considerarse una herejía, y los dos rostros laterales en el cuadro de Arce fueron reemplazados por mechones de cabello rizado; hasta 1988, cuando hubo una restauración de la colección del museo y la pintura original fue revelada.
Vi nuevamente el cuadro —con ocasión de la celebración, la semana pasada, de los 75 años del Museo de Arte Colonial—, al tiempo que leía El diablo de las provincias, de Juan Cárdenas. Quizás por eso asocié entre ambos, cuadro y novela, una confluencia entre lo divino, lo profano, lo diabólico y lo mundano —tendiendo siempre a los dos últimos—. Son temas que rondan la obra de Cárdenas. No pude leer la novela cuando salió publicada, el año pasado, porque no se consigue en China ni se puede bajar por Amazon Kindle. Una de las expectativas que tenía de regresar a Colombia era, precisamente, leer este libro. Cárdenas es uno de mis autores predilectos.
Ya no es un novelista periférico, aunque su editorial así lo sugiera. Su literatura, no obstante, lo es. La provincia. El desprestigio. Esa forma de caer, ese modo de dejarse ir que tienen los que fueron ambiciosos, quienes esperaban algo más pero se quedaron sin reconocimiento social y sin dinero. La ética del trabajo es en sus novelas una modalidad de la derrota ideológica, y el lento deslizamiento, el desprendimiento del glaciar social, una actividad introspectiva, de vuelta a los orígenes. Mitología versus ideología.
Carlos Manuel Álvarez, el joven escritor cubano que ya pisa como un veterano, comentó hace poco que Juan Cárdenas se le hacía un maestro de la novela porque “no se dedica a mostrar lo ideológico, se dedica a contarlo abiertamente, y desde el cruce de géneros y la experimentación, digamos, dinamiza y embellece lo que en los escritores de segunda sería disertación o panfleto disimulado”.
Coincido con su opinión. El diablo de las provincias es una novela de varias caras. Una fábula, como bien advierte el subtítulo. Por un lado, la faz discursiva, la pura historia que engancha. Por otro, las claves ocultas. El diablo que se manifiesta en una mujer coja. En un oscuro Caballero del Formol. En la madre. Trifásico.
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