Con el calentamiento del Ártico, el mundo se bate entre la expectativa de un boom económico y una catástrofe ambiental.
Hay quienes se muerden las uñas por la angustia, y quienes no ven la hora de destripar a la gallinita de los huevos de oro. El hielo del Ártico podría desaparecer durante la estación de verano en una fecha tan temprana como el año 2020. Este escenario apocalíptico presenta una doble faz: la de los beneficios económicos y la de los perjuicios ambientales.
La situación del Ártico es (tristemente) interesante por su ambivalencia, o el doble valor que se le otorga. Son pocas las catástrofes ambientales que a la vez son oportunidades económicas. Generalmente los destrozos del calentamiento global se presentan como unívocamente negativos. En este caso no.
Algunos geólogos estiman que aproximadamente el 20% de las reservas no exploradas de petróleo y gas se hallan bajo el lecho marino del mar Ártico. La dificultad de perforar el hielo había impedido exploraciones generalizadas en este rincón del planeta. A medida que avanza el deshielo, las posibilidades de adelantarlas se hacen reales. Es la gran ironía. El uso de combustibles fósiles ha ocasionado un daño irreparable en el Ártico, que conduce a la disponibilidad de más combustibles fósiles, que a su vez acelerará los cambios extremos que comienza a padecer el planeta. Pero sobre eso volveremos al final. Veamos por lo pronto quiénes se están relamiendo ante la expectativa de un Ártico sin hielo y por qué.
Los países que tienen territorio marino en el Ártico son Estados Unidos, Canadá, Rusia, Noruega y Dinamarca, por tener acceso mediante Groenlandia. De estos países, todos tienen una enorme dependencia y experiencia en la explotación de petróleo o recursos mineros, menos Dinamarca. Irónicamente, es precisamente Groenlandia la que más podría beneficiarse de esta situación. Dinamarca en buena medida subsidia a Groenlandia. Una vez abiertas las 350 millas náuticas de territorio marítimo, podría comenzar a producir petróleo y volverse autosostenible.
El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas (IPCC, por sus siglas en inglés), publicó hace aproximadamente una semana su último informe. Éste el grupo de expertos con la mayor legitimidad internacional que analiza el cambio climático. Su mensaje es diáfano: “El cambio climático es real y nosotros somos los culpables”. Sus informes se publican cada seis años y cada entrega confirma con más vehemencia lo que ya muchos estamos suponiendo. El clima planetario está cambiando, cada vez más rápido, con consecuencias cada vez más imprevisibles y caóticas, y, de nuevo, la culpa la tiene la especie humana.
Pero volvamos sobre la situación del Ártico. Si bien las empresas petroleras y de gas estadounidenses, rusas, canadienses, noruegas y danesas están a la expectativa de lanzar sus barcos a un altamar ártico para instalar allí sus plataformas de exploración, hay quienes afirman que no hay que ensillar las bestias (o los buques petroleros) antes de tiempo.
Harri Mikkola y Juha Käpylä, analistas del Instituto Finlandés de Asuntos Internacionales, publicaron en mayo del 2013 un estudio en el que afirman que el supuesto boom económico que podría generar el deshiele del Ártico no es tan sólido como lo anuncian los medios de comunicación. Según ellos, el hecho de que la accesibilidad al Ártico se dé sólo en época de verano, y no en invierno, supone enormes riesgos para la exploración petrolera y de gas. Y si se utiliza como ruta marítima de transporte, el mar Ártico es tan pando que no se abrirá una red de autopistas navales similares a las que permite, por ejemplo, el Mediterráneo.
Por otro lado, un estudio del 2010 del Grupo Ambiental Pew estimó que los costos mundiales del deshiele del Ártico podrían ser de US$2,4 billones. El estimativo se hace teniendo en cuenta la función de refrigeración planetaria que cumple el Ártico (con hielo), y las consecuencias que generaría un aumento en el nivel del mar.
Las ventajas, entonces, siguen siendo inciertas y el cacareado boom puede no ser más que una falsa expectativa. Pero lo que resulta frustrante de esta lamentable situación es ver cómo quienes han sido responsables por las depredaciones ambientales más críticas del siglo XX y XXI podrían ser precisamente los más beneficiados por sus consecuencias indeseables: es decir, las empresas que explotan los combustibles fósiles.
Twitter: @santiagovillach