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El precio de la dignidad y la esperanza

26 de enero de 2015 - 11:00 p. m.

La victoria del partido de izquierda Syriza se da en el mejor momento para renegociar los términos de la deuda en Grecia.

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La democracia electoral es el terreno por excelencia en el que las emociones personales se traducen en destinos nacionales. Creo que en la mayoría de los casos el ejercicio del voto está más cercano a las pasiones que al cálculo analítico. Votar por una idea es a menudo votar por la conmoción que esa idea genera.

Esto fue clarísimo en Grecia. Ganó la dignidad y la esperanza nacionales, la frustración con el viejo sistema, y el resentimiento hacia los poderes extranjeros que impusieron políticas que el ciudadano promedio padecía en el día a día. Tras la victoria de Syriza hay, finalmente, emociones nobles, o al menos posiciones con las que es posible simpatizar. Hay que temer a las decisiones de los electores cuando vienen impulsadas por el miedo, por el odio o por el desprecio. Este no parece ser el caso.  

¿Pero es una decisión política contraproducente? Quizás. Nadie sabe lo que un líder decide hacer una vez llega al poder, en especial cuando las promesas son claras pero los detalles ambiguos. Es imposible determinar si las intenciones se materializarán en políticas de estado. Fue el caso, por ejemplo, de Barack Obama. En todo caso, hay muchos griegos que ya no tienen nada qué perder, y si el país llegó a esa situación la responsabilidad de ello la comparten las instituciones que impusieron medidas draconianas de extrema impopularidad.

Nunca me ha convencido el núcleo moral del argumento contra Grecia: hay que pagar las deudas y si fue irresponsable debe asumir las consecuencias. Esto puede estar muy bien en el ámbito privado y en las finanzas personales, pero llevarlo al terreno de la política internacional es perder de vista que las posiciones morales son muchas veces ejercicios de poder enmascarados por una supuesta lucha entre el bien y el mal. A nivel soberano es importante pagar una deuda porque no hacerlo genera descrédito, y será más difícil que otros presten más adelante. Punto. No por que sea «lo correcto». Cuando el pago de la deuda comienza a afectar el pleno desarrollo de una generación de jóvenes, impide que un país supere una carga de desempleo que supera el 25% y decima a los sistemas de salud y educación públicos, hay que hacerse preguntas.

Es también cierto que dentro de la Eurozona estas cuestiones morales juegan un papel particularmente importante, porque estos países participan de una moneda común y es necesario proteger la confianza mutua (de nuevo, el crédito). No es conveniente que los electores y contribuyentes alemanes, o de otros países, consideren que subsidian gastos insostenibles de otros países, porque eventualmente fracasaría el proyecto común. El precio, sin embargo, no pueden pagarlo las clases medias y populares de Grecia y España. Una deuda puede cumplirse sin tener que castigar a una generación de jóvenes, o a la población más vulnerable. Ambos extremos son nocivos.

Por eso es conveniente en este momento una victoria de Syriza. El euro ya no está en la cuerda floja como lo estuvo hace tres años. A nivel europeo, el banco central no está apretando el cinturón, sino todo lo contrario: planea una ronda con final abierto de relajamientos cuantitativos para generar inflación. La austeridad ya no es el mantra de Bruselas y de hecho preocupan más la deflación y el desempleo que el déficit. Hay una mayor disposición para negociar nuevos términos de pagos. Ambos lados tendrán que ceder. La deuda probablemente no se anulará, pero sí se puede renegociar. Grecia tiene el momento perfecto para poner nuevos términos sobre la mesa. No será una negociación fácil, pero debe llevarse a cabo, y España debe tomar ejemplo.

Twitter: @santiagovillach

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