Los medios de comunicación han sido cómplices, la mayoría de veces sin quererlo, del éxito de la candidatura de Donald Trump.
Me quería abstener de mencionar su nombre para no participar del fenómeno que estoy criticando. La probable victoria de Donald Trump en las primarias del partido Republicano, y su muy real posibilidad de ser el próximo presidente de Estados Unidos, se debe no sólo a la enorme cantidad de dinero que invirtió su campaña, sino también a la publicidad gratis que logró gracias a la intensidad mediática sobre su figura, incluso por parte de los medios opuestos a su candidatura. Trump ha sido exitoso, en buena medida, porque ha logrado envolver a los medios en el adagio de Óscar Wilde: «lo único peor a que hablen mal de uno es que no hablen de uno».
Ha aplicado la estrategia del bocón de la escuela, del matón. Ese tipo al que todos detestaban porque siempre estaba diciendo estupideces, pero que tenía un enorme poder porque las repetía a viva voz, todo el tiempo, hasta el cansancio, y abusaba verbalmente de sus contradictores. La diferencia es que un personaje como Trump depende de que otros difundan sus estupideces para que sean escuchadas.
Las ideas irracionales y los insultos de Trump están diseñados para generar efectos sensacionalistas y crear un espectáculo, no para abrir un debate. Son estrategias de sabotaje. El ex dueño de Miss Universo sabe cómo manejar a los periodistas y poner a hablar a la prensa sobre él. Cimentó su popularidad haciéndose permanentemente visible.
Incluso desde antes que comenzara su candidatura, sobre los espectadores, lectores e internautas del mundo entero llovió «El Show de Donald Trump». Era lamentable ver la repetición de comentarios que no tenían ningún interés, pero que se publicaban de forma amarillista. Por concentrarse en Donald Trump, así fuera para tratarlo como el payaso, o un espectáculo que merecía ser ridiculizado, comentado, señalado, criticado e incluso denunciado, lo convirtieron en un político de una muy alta peligrosidad. El cubrimiento sobre él fue desproporcionado con respecto a la calidad de sus intervenciones.
Hubo continuas decisiones editoriales de los medios de comunicación que fomentaron el «fenómeno Trump», hasta hacer tan probable que logre llegar a la Casa Blanca que George W. Bush despierta nostalgia. ¿Fue esta una decisión intencional de los medios? Por supuesto que no. ¿Sospechaban que podían estar generando este efecto? Creo que escogieron pensar que no. Esta profesión, que es tan autoconsciente (por no decir narcisista) y aficionada a discusiones bizantinas sobre su papel, su función y sus límites, a la hora de tomar decisiones editoriales en caliente padece de una pasmosa incapacidad de análisis con cabeza fría. Su lema debería ser: el que piensa pierde (a la competencia). Esto sumado a un síndrome de negación, o confusión, con respecto a los efectos de sus productos mediáticos.
Con las premisas de estar sirviendo el bien colectivo al presentar información que es de interés público, en el mejor de los casos; de ganar mayores índices de audiencia, en el peor de ellos; o de no dejarse ganar de las primicias de sus competidores, ese afán mercantil por la chiva, los medios de comunicación del mundo han caído en las hábiles manos de Donald Trump.
Estoy convencido de que Trump lo ha tenido todo perfectamente planeado y que la mayoría de medios se prestaron para servir a sus intereses en el momento crucial: los primeros meses desde que anunció su candidatura.
Un estudio realizado por los politólogos Kevin Reuning y Nick Dietrich, de la Universidad del Estado de Pensilvania, arrojó que entre julio y mediados de octubre de 2015, Trump tuvo entre el 40 y el 50% del cubrimiento mediático que tuvieron en total los 10 candidatos republicanos. Esta ventaja llegó a un pico en diciembre de 2015, cuando tuvo entre 60 y 70%. Fueron, precisamente los meses en que aumentó la intención de voto por Trump.
¿Por qué se le otorgó esta ventaja a Donald Trump? Porque el periodismo es el medio de entretenimiento culto por excelencia de nuestros tiempos, y Trump ha sido un candidato divertido, así fuera causando controversia, que es una faceta refinada del entretenimiento. Una decisión más sabia habría sido darle a sus comentarios tontos y mentiras el tratamiento que merecían: caer en el silencio y no en la reproducción viral.
Twitter: @santiagovillach