Fechas claras y límites a la discusión son los elementos para que el proceso de paz no se disuelva.
El proceso de paz se ha salvado, no en poca medida, gracias al Premio Nobel que merecidamente ha recibido Juan Manuel Santos. Pero la mesa de diálogo todavía pende de un hilo. Tener fechas para la renegociación del diálogo y el plebiscito sería la columna vertebral -así sea simbólica- del camino a seguir.
Dado que los acuerdos se cayeron por un plebiscito, resulta consecuente con la lógica democrática e institucional que sean aprobados en un nuevo plebiscito. Como dije en la columna pasada, esa me pareció la herramienta inadecuada para refrendar los acuerdos, pero ya entrados en la dinámica de la demagogia, se require volver al veneno de esta serpiente para obtener el antídoto. Otra salida, aunque deseable en la medida que resulta más confiable y práctico, sería percibida como aprobar el segundo acuerdo a espaldas del electorado, y no tendría la misma legitimidad.
Para que el proceso de paz no se diluya en la renegociación debe haber fechas claras. Álvaro Uribe, que gana si los tiempos se dilatan, no tiene afán, pero es importante avanzar con celeridad y tener un acuerdo firmado para que, antes de la campaña electoral de finales de 2017 y principios de 2018, la guerrilla de las Farc sea cosa del pasado. ¿Cuáles serían, idealmente, estos tiempos, y cuáles los límites de la discusión?
Ya que las Farc han aceptado revisar los acuerdos es posible salir de este impasse. La premiación del Nobel el 10 de diciembre otorga un margen de maniobra. Es realista pensar que el impulso simbólico del premio protegerá el cese al fuego durante el resto del 2016. Este debe ser también el lapso para concretar los puntos que se llevarán a la mesa de La Habana y dar inicio a la renegociación.
El primer límite de negociación que debe fijarse es que habrá ajustes a puntos concretos del actual acuerdo, que por supuesto son los más sensibles: participación en política y justicia. Lo más duro de la discusión con las Farc probablemente se produzca a a principios de 2017. Si todo sale bien y se llega a un segundo acuerdo, el plebiscito tendría que hacerse a más tardar en mayo de 2017, es decir un año antes de las elecciones presidenciales. Es una fecha lo suficientemente lejana para que el plebiscito no quede contaminado por la dinámica de las campañas electorales.
Es probable que el Centro Democrático tampoco quede contento con el segundo acuerdo. En especial si su juego es dilatar y sabotear la negociación para capitalizar políticamente la crisis del proceso de paz en el 2018. Esa intención, por supuesto, jamás sería abierta. Así que el visto bueno de Uribe no debe ser condición necesaria para avanzar. Dado el estrecho margen por el que ganó el NO, es realista pensar que algunos cambios sustanciales serán suficientes para que en las próximas elecciones gane el SÍ.
El gobierno probablemente llegará a la mesa procurando eliminar del acuerdo las curules por 10 años a las Farc, y presionado para que cumplan una pena de reclusión de 5 años. Durante las negociaciones esta posición se modificará, y se llegará a un punto de conciliación; aunque esto es muy fácil de decir en una columna, pero no de empujarlo en una mesa de negociación.
Como conclusión, dejo una propuesta a discusión para combatir el abstencionismo: ampliar los incentivos para quienes voten. Actualmente hay incentivos que incluyen predilección para acceder a puestos públicos, y para recibir subsidios y créditos, así como un descuento de 10% para la renovación de documentos como pasaporte, cédula y libreta militar. El descuento se podría ampliar a 50%, por ejemplo, y se podrían también considerar alivios tributarios. Si bien no es ideal fomentar un deber ciudadano con el debilitamiento de otros deberes ciudadanos (menos impuestos para los que voten), el abstencionismo es la consecuencia de un sistema democrático que, por muy buenos motivos, no genera credibilidad entre los electores. Quizás una medida, incluso temporal, con el ánimo de solucionar una de las debilidades del sistema, genere el primer motor hacia una solución más estructural.
Difiero, sin embargo, de quienes consideran que con más participación los resultados de las elecciones serían distintos. Por regla estadística, el 40% de un censo electoral de 30 millones representa la misma tendencia que arrojaría el 100% de la votación. El problema del abstencionismo no es que distorsiona los resultados, sino que les resta legitimidad.
Twitter: @santiagovillach