El proceso de posconflicto implica una cuidadosa evaluación a las posturas propias, porque es fácil caer en trampas. Aquí reviso la mía.
Mi primer recuerdo fue cuando mi padre me llevó, no a conocer el hielo, sino el boquete que dejó en la fachada el Palacio de Justicia, sede de la Corte Suprema, el disparo de un tanque del ejército durante la retoma. Yo tenía cinco o seis años.
Crecí entre la violencia. Todos lo hicimos. Yo tuve el privilegio de no ser una víctima de ninguna de las guerras. La del narcotráfico o las guerrillas. Recuerdo, sin embargo, dos ocasiones en que pensé que sí. Tenía nueve años y una vez creí que mi madre había caído en un carro bomba de Pablo Escobar. Otra, que había sido mi padre.
Un último recuerdo: yo tenía siete u ocho años cuando entendí por primera vez una caricatura política. Fue durante el fin de las negociaciones de paz del presidente Virgilio Barco. Estaba Barco, canoso y con los brazos extendidos, en el centro. Lo rodeaban líderes guerrilleros. Refiriéndose a la participación de todos en un proceso de paz, él decía: «Sí, pero sí». A un costado Carlos Pizarro, del M-19, decía: «No, pero sí». A la izquierda, no recuerdo quién representando al ELN (quizás Gabino pero no estoy seguro, yo tenía ocho años): «Sí, pero no». Y a una esquina, huraño, Tirofijo, de las Farc: «No, pero no».
Cuando tenía ocho años no comprendía su postura. Esa oposición tajante al diálogo. Sin embargo, fue por esos años que comenzaron a matar a los líderes de la Unión Patriótica, el partido que nació de las Farc como una tentativa para un eventual diálogo.
Hace dos semanas escribí que las Farc no tenían nada que aportarle al país como partido político. Que lo único bueno que tenían era ponerle fin a la guerra. Me equivoqué. También lo hice al no recordar el asesinato a los líderes de la UP como parte de su historia de desconfianza hacia el estado colombiano, como se quejó uno de los lectores de esta columna en un comentario.
Ha sido muy fácil identificar las mezquindades ideológicas de los otros, sobre todo ahora que el país está dividido entre el SÍ y el NO. Aunque apoyo plenamente el SÍ, empero, hay nudos que debo desenredar para construir reconciliación en mi propia representación política de Colombia, y en estas columnas. Quizás sea más difícil eso que convencer a otros de no sabotear el proceso de paz. Por lo menos, hoy reconozco el valor democrático de que un grupo armado que hace veinticinco años decía, «No, pero no», hoy diga: «Sí, pero sí».
Un año antes de que comenzaran los diálogos de La Habana estuve en una zona de guerra en el Cauca. Entrevistaba a una campesina en su casa, y ella me decía que una vez a la semana había combates entre el ejército y las Farc alrededor de su rancho, y que a menudo usaban su propia casa para escudarse de las balas durante el combate. Tenía las paredes llenas de huecos. Me llevó a un árbol al lado de su rancho. En una rama había apoyado un mortero hechizo, sin estallar:
«Cayó sobre mi cama y lo pusimos allí», dijo. «Ahora no sabemos qué hacer con él».
Dijo que los combatientes todo el tiempo trataban de tomarse la punta del cerro. Cuando un grupo se lo tomaba, era entonces el otro a bajarlos. Como niños chiquitos. Entonces fue cuando entendí que la guerra es una actividad esencialmente estúpida. No inútil, ni cruel, ni gloriosa. En ese momento la vi plenamente idiota. Infantil. Mi comentario de hace dos semanas provenía de la profunda desconfianza que me despierta la gente que lleva cincuenta años haciendo eso.
Sin embargo, perder esa desconfianza es precisamente lo que pide la reconciliación. Probablemente nunca vote por el movimiento de las Farc, pero es la última vez que escribiré que, desmovilizadas, no tienen nada que aportarle al país.
Twitter: @santiagovillach