La exclusiva del año, la entrevista de Sean Penn al Chapo Guzmán, es una entrevista fallida y un artículo flojo.
El artículo de Sean Penn sobre el Chapo Guzmán es una gran premisa que decepciona. Es una exclusiva histórica cuyo valor informativo se diluye en la anécdota personal sobre cómo consiguió la entrevista, su viaje a la guarida del Chapo, una cena con el narco -que no dice mayor cosa porque no puede hablar directamente con él, sino mediante una intérprete que es otra actriz, no una traductora profesional-, el regreso de los actores a Hollywood, y luego los esfuerzos para que el Chapo le mande una entrevista grabada por un lugarteniente, que resulta ser de una mediocridad abismal.
Al final, quedamos con la misma sensación que Penn sugiere tener: la entrevista fue un fiasco y el trabajo quedó a la mitad. Si tuviera más experiencia en este tipo de situaciones o más conocimiento del tema que estaba tratando, si entendiera y hablara el español, si hubiera puesto condiciones propias para asegurar que regresaría con algo de material sólido (la mínima, por ejemplo, el derecho a llevar papel y lápiz para registrar lo que dijera su fuente), habría realizado un trabajo más profesional, y la escritura tendría más información que opinión y anécdota.
La crónica es interesante porque es una exclusiva tremenda, pero el encuentro final con el Chapo, que es el meollo de la historia, resulta tan anticlimático e insulso que Penn tiene que dedicar el otro 80% del artículo a la narración de cómo hizo el reportaje, incluso divagando en tonterías como su atávico temor masculino a la castración (en este caso por parte de los narcos), que se echó un pedo oloroso al despedirse del Chapo y que al final de la larga jornada le quitó la cama grande a su compañero de habitación.
La información más valiosa del encuentro, la lista de empresas mexicanas e internacionales que tienen negocios con el Chapo Guzmán y lavan su dinero, y que el narcotraficante le reveló a Sean Penn, fue censurada a petición del Chapo.
Este es el pecado mortal del artículo: está atravesado por la censura del Chapo Guzmán.
El Chapo no es tonto. Controló hasta el último detalle del encuentro y al final no otorgó la entrevista, la dejó para otro día. Lo que le envió a Rolling Stone, a fin de cuentas, es un video mal grabado en el que repite generalidades. Que quiere lo mejor para su familia, que se volvió narco porque en su región hay mucho desempleo (no hay que ser sociólogo ni narco para conocer el vínculo entre desempleo y criminalidad), y que no quiere problemas ni es una persona violenta, pero que se protegerá si debe hacerlo. También dice unas cosas que no tienen sentido, como que el tráfico de las drogas se originó con los ancestros, no sólo en México (¿?).
En aras de asegurar la exclusiva, los periodistas le permitieron al Chapo tener el poder sobre la entrevista. Este es un problema de ética profesional. Si un periodista quiere entrevistar a un político, a un actor, a un empresario, o a quien sea, pero entrega el control y acepta que el entrevistado apruebe el producto antes de la publicación, está entrando en el terreno de la propaganda. ¿Quién tuvo el poder sobre la información, El Chapo o Sean Penn?
Tampoco sabemos si discutieron más cosas que nunca quedaron registradas, pues los actores tenían el interés de concretar el apoyo del Chapo Guzmán para hacer una película sobre su vida.
Al final, el encuentro con el Chapo es el mismo que se esperaría de cualquier invitación de un narco. Una afable conversación con un tipo bonachón que muestra su lado humano. Sus sonrisas, su generosidad, su humor y su gentileza con las damas, los invitados y las cocineras, sorprenden. ¿Pero dónde está el villano desalmado?, se pregunta Sean Penn en el artículo, a pesar de haber hecho un enorme esfuerzo por encontrarlo en la mirada del Chapo. Pues lo mismo habría sido con Pablo Escobar (por cierto, es mucho mejor el artículo de Juan José Hoyos en El Malpensante, «Un fin de semana con Pablo Escobar», resultado de una entrevista que Enrique Santos ordenó hacer cuando Luis Carlos Galán expulsó a Escobar del Nuevo Liberalismo). Lo mismo habría sido, también, si hubiera entrevistado a la mayoría de narcos, desde Chupeta hasta Fritanga.
Hay, sin embargo, reflexiones hechas por Sean Penn con las que estoy enteramente de acuerdo. La satanización y persecución a los capos de la guerra contra las drogas es un teatro costoso que corta las ramas pero no el tronco del problema. Las autoridades nacionales e internacionales protegen a los narcos que les conviene porque se niegan a atacar la situación como es debido. Hace falta un cambio de paradigma, porque el camino actual no sólo es un fracaso rotundo, sino una estrategia tan inmoral como los narcos que ella misma fabrica.
Twitter: @santiagovillach