Las elecciones presidenciales nos enfrentan cada cuatro años con la irresoluble tensión entre razón y emoción.
La segunda siempre gana. Las elecciones son, ante todo, un asunto emocional. El nivel de incertidumbre, y la poca confiabilidad de la información que tenemos disponible antes de ejercer el voto, hacen casi imposible el hacerse un juicio racional.
Algunas incertidumbres fáciles de mencionar son que no sabemos cómo va a gobernar el candidato porque desconocemos quiénes van a ser sus ministros, que los candidatos siempre hacen promesas que no pueden cumplir, y que con frecuencia mienten o tergiversan datos. Hay muchas más, claro.
Pero incluso si todos los candidatos dijeran la verdad, si sólo hicieran promesas que pudieran cumplir, si revelaran quiénes serían sus ministros, etcétera, lo cierto también es que la gran mayoría de los ciudadanos no estamos intelectualmente capacitados para saber quién sería el mejor gobernante.
La democracia electoral es un sistema irresponsable, porque la decisión de quién va a gobernar depende de personas que no saben sobre los temas que definen a buen gobernante. Con demasiada frecuencia, ni siquiera los conoce el candidato mismo.
La ideología, esa maraña de prejuicios más o menos heredados, más o menos formados, más o menos informados, que nos genera la ilusión de que sabemos sobre la actividad de gobernar, tiene menos que ver con la razón que con la emoción.
La mayoría de los ciudadanos bien educados no sabemos si desarrollar ciertos sectores de la economía, o ciertas empresas, es más o menos ventajoso para el país, porque a menudo la suerte de estos sectores y los precios de sus productos dependen de dinámicas que superan a la economía nacional, y sobre las que el gobernante no tiene influencia.
Este último ejemplo procura ser poco controversial. Seamos más avezados. ¿Es más conveniente mantener los diálogos con el Eln que adelantar una guerra sin cuartel? ¿Cuál es la respuesta que debe darse a la crisis que creará la ola de refugiados que vienen de Venezuela? Son preguntas que no tienen una solución racional correcta. Su respuesta siempre estará condicionada por una alta dosis de emociones. Altruismo, miedo, esperanza, en fin.
Por eso los candidatos que suelen apelar a la razón, a los argumentos y a la reflexión, tienen un mal desempeño. El que gana es el que enciende los corazones. Salvo en casos extremos, no podemos saber quién va a ser el mejor presidente. Tenemos que sentir quién va a ser el mejor presidente.
Esto es lo que finalmente guía nuestras decisiones electorales. Por eso las discusiones sobre nuestras preferencias son a menudo un diálogo de sordos.
A esto se le suma el orgullo que cada quien asocia con su candidato. Al igual que los equipos deportivos, los candidatos son una extensión irracional de nuestra identidad. No tenemos ningún control sobre lo que nuestro político dice o hace, pero le seguimos y con frecuencia ignoramos sus errores para proteger nuestra decisión de apoyarlo. Incluso podemos apoyar a un candidato porque lo asociamos con características que nos identifican o que deseamos. La masculinidad o la femineidad, la riqueza o la pobreza, el amor o la revancha.
Por último, votar es irracional. Según la Paradoja Downs, o la «paradoja del votante», el esfuerzo de ir a depositar un voto es bastante desproporcionado con respecto a la influencia que tiene un voto individual sobre unas elecciones. Por mucho que se critique al abstencionismo, no votar es la decisión que más se acoge a la teoría de la acción racional. Es la más acorde con el interés propio. Por eso es tan difícil combatir el abstencionismo: supone reemplazar un comportamiento egoísta por uno altruista.
¿Es mejor no tener elecciones presidenciales? No lo sé. Puede haber sistemas alternativos, con más meritocracia y menos sufragios, pero es peligroso experimentar con estas opciones. Sobre todo en un continente que tiene una historia de dictaduras. La más reciente en nuestro país vecino.
Es, sin duda, preferible elegir cada cuatro años a un presidente distinto con un método irracional; y no que el mismo presidente irracional se haga reelegir cada cuatro años.
Así que votaré, y conmino a todos a ejercer esta actividad irracional pero altruista. No estoy seguro de que el candidato que elegí sea la mejor opción, pero parece la menos inconveniente. No sé si vaya a ser un buen presidente, pero espero que al menos no haga daños graves. Me reservo cuál será mi decisión final en aras de conservar la independencia periodística. Salga quien salga electo, mi trabajo es hacerle control, contrapeso y crítica desde este espacio.
Twitter: @santiagovillach