El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

De la cocina al poder

25 de octubre de 2016 - 11:00 p. m.

No tiene reversa el proceso de igualdad de derechos de los hombres y de las mujeres.

PUBLICIDAD

Pero hay todavía, aquí y en todo el mundo, grupos y personajes que se resisten a la equidad de género y a aceptar a las mujeres, en iguales condiciones a las de los hombres, en cargos de poder y decidiendo sobre su cuerpo, su mente y su sexualidad.

Las recientes declaraciones de Muhammadu Buhari, presidente de Nigeria, expresan lo que muchos hombres y algunas mujeres pensaron durante siglos y siguen creyendo todavía. Ante una entrevista de su esposa Aisha, en la que expresó sus reservas para apoyarlo en una eventual campaña para un nuevo período presidencial, dijo sin inmutarse desde Alemania, frente a su canciller: “No sé exactamente a qué partido pertenece mi mujer. En realidad, su lugar es mi cocina, mi comedor y el resto de habitaciones de mi casa”.

Por desgracia, no está solo el presidente nigeriano. Hace algunos años, un veterano parlamentario colombiano se refirió a las mujeres senadoras como “nuestras ilustres vaginas”. Y el abogado Alejandro Ordóñez sigue empeñado en su cruzada para que se excluya de los acuerdos de La Habana todo lo que tenga que ver con la “ideología de género” y la identidad y diversidad sexuales, que considera dañinas y corruptoras de “nuestros” valores y costumbres.

Lo peor es que tales expresiones y discursos no sólo se han quedado en palabras. Siguen dando pie a que se les niegue a las mujeres su acceso igualitario a la educación, la religión, el trabajo y la política. A que les tiren ácido en su cara, o las maltraten con cualquier pretexto en la casa y en la calle, tal como lo hizo la semana pasada con su pareja el jugador profesional de futbol Hányer Mosquera. E inclusive a que las maten, como el caso de las 72 mujeres asesinadas este año en Antioquia.

O hace pocos años con Rosa Elvira Cely, cruelmente violada y empalada. O con Lucía Pérez, la argentina asesinada en la misma forma y con la misma crueldad, justo en el momento en que miles de mujeres protestaban contra el feminicidio en las calles de Buenos Aires, Medellín, Santiago de Chile y muchas otras ciudades, al grito de: Ni una mujer menos, ni una muerte más. 

Pero no todo es sombrío. Poco a poco la justicia va sancionando a los agresores de género, como lo hizo con el empresario Alfonso Escobar, valerosamente denunciado por su esposa Constanza López. Por su parte, las mujeres víctimas de las distintas violencias de nuestra guerra interna siguen dando muestras de valor y perdón, exigiendo la verdad de lo sucedido y la permanencia de la equidad de género en los acuerdos. Y grupos de mujeres indígenas, académicas, campesinas y dirigentes sociales, han cerrado filas en torno a la defensa de la paz y de la inmediata realización de los ajustes necesarios a lo acordado en La Habana.      

Al terminar el siglo pasado, le preguntaron a Gabriel García Márquez qué sugerencia tenía para la humanidad en el próximo milenio. Todos sabemos su respuesta: “Que manden las mujeres”. Él, que no estuvo exento del machismo dominante en este gran Macondo,  sustentó su propuesta en el reconocimiento de lo dañino que ha sido el guerrerismo del poder masculino, y en la necesidad de darle oportunidad a la sabiduría, las percepciones y el coraje femeninos.

La pronta firma y refrendación de los acuerdos ajustados con las Farc, y en discusión con el ELN, debe ser también el punto de inflexión para empezar a construir una sociedad más igualitaria y lograr la equidad de género, la dignificación de las mujeres y su acceso real al poder, no sólo en la cocina sino en toda la sociedad.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias