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La muerte sobre ruedas

01 de diciembre de 2015 - 09:43 p. m.

Los accidentes de tránsito —AT— constituyen hoy uno de los problemas sociales y de salud pública más graves y costosos.

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En Colombia hay en promedio un accidente de tránsito cada 10 minutos, que producen 18 muertes diarias durante todo el año. A nivel mundial mueren cada año 1.200.000 personas por AT y 50 millones quedan con lesiones corporales o mentales que van desde daños leves hasta incapacidades definitivas. La ONU estima en 500.000 millones de dólares el costo anual de la atención médica de los AT.

Desde cuando los seres humanos utilizamos medios de transporte para desplazarnos de un lugar a otro, éstos han constituido un peligro. Pero en la actualidad el riesgo es mayor ante el desarrollo y diversidad de tales medios —desde naves espaciales hasta motocicletas, pasando por aviones, embarcaciones, vehículos automotores, bicicletas, trenes y cables aéreos—. El problema no es sólo la diversidad y cantidad de vehículos. Tiene que ver esencialmente también con la calidad, suficiencia y mantenimiento de las vías; con los patrones y valores culturales de conductores, pasajeros y peatones; con las normas de seguridad y la aplicación de los códigos de tránsito; con la capacidad de sanción de los infractores que tenga la sociedad, y con las políticas de movilidad que tracen los gobiernos y organismos nacionales e internacionales. El problema, en términos actuales, es global. Y, como ya se enunció, mortal y carísimo.

No hay unanimidad sobre lo adecuado del concepto de “accidente de tránsito”. El carácter accidental pretende hacer referencia a la falta de intencionalidad, a lo imprevisible e inevitable del hecho. Pero es bien sabido que muchos accidentes son francamente intencionales —verdaderos homicidios o suicidios— y muchos otros propiciados o tolerados de diferentes maneras. Por eso algunos sugieren habar mejor de “incidentes de tránsito”. Con todo, lo importante ahora no es la semántica sino cómo abordar y enfrentar este problema global de salud pública.

Parece increíble, pero los accidentes (o incidentes) de tránsito son muy inequitativos. Es decir: ni su frecuencia ni sus víctimas se distribuyen al azar o proporcionalmente. Los países de ingresos medianos y bajos —es decir, los pobres— que tienen apenas el 50% del total mundial de automóviles, padecen el 90% de las muertes por accidentes de tránsito. Y dentro de los países, los sectores de menores ingresos aportan la mayor proporción de víctimas. En términos de género, hay también una inequidad en contra de los hombres. Por edades el grupo entre cinco y 29 años lleva la peor parte. Y por tipo de vehículos, las motocicletas han ido concentrando una proporción cada vez mayor de víctimas tanto fatales como no fatales. Sólo en Colombia ocho de los 18 muertos diarios por accidentes de tránsito son motociclistas o atropellados por tales vehículos.

Además de inequitativos, los incidentes de tránsito tienen otra connotación muy preocupante, pero esperanzadora al mismo tiempo: son evitables. No todos, por supuesto, pero sí muchos, muchísimos. Podrían evitarse todos los que dependen, por ejemplo, del consumo de alcohol, de ciertas conductas humanas, de fallas previsibles en el estado de los vehículos y de las vías, y de la oportunidad en la atención de las víctimas. Por eso la segunda cumbre mundial sobre el tema, realizada recientemente en Brasilia, convocó a una reacción mundial contra esta especie de epidemia actual y a emprender y coordinar acciones que aborden adecuadamente sus distintos componentes y niveles. En Colombia, en donde estamos mal y hacemos poco en muchos de ellos, a diferencia de vecinos cercanos como Ecuador, estamos en mora de estudiarlos mejor, reconocer su gravedad e impacto negativo y acometer las obras de infraestructura y las acciones preventivas, educativas, legales, ambientales y de convivencia en el tránsito requeridas para que la muerte no siga andando tan inequitativa y cómodamente sobre ruedas.

* Médico social

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