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Otra carta a la misma sombra

25 de agosto de 2015 - 10:44 p. m.

Héctor Abad Gómez fue mi primer maestro de salud pública.

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Era un maestro de verdad-verdad, Es decir: vivía lo que pensaba, enseñaba haciendo, provocaba escribiendo y vibraba enseñando. El lugar preferido de su cátedra no era el aula, sino la calle, la mina, el barrio o la tertulia. Sabía oír. Prefería dudar. Respondía con preguntas. Detestaba los manuales. Invitaba a pensar, no a repetir.

No sólo enseñaba salud pública el profesor Abad. O mejor: la salud pública que él nos enseñó rompía los límites de lo médico y del saber y el hacer convencionales, y se adentraba naturalmente en la historia y la sociología, en la literatura y la política, en el arte y la antropología. Formado en los principios de la higiene, convencido y militante de las bondades de la prevención —en especial la vacunación y la educación—, fue avanzando en el reconocimiento de males sociales más profundos, la violencia por ejemplo, o la injusta distribución de la tierra y la riqueza, hasta culminar su ciclo salubrista y vital denunciando desapariciones y defendiendo a todo riesgo la vigencia plena de los derechos humanos. Justo por la suma de semejantes osadías decidieron asesinarlo en la madurez de sus 66 años.

Me conmovió ver en la “Carta a una sombra”, con los recursos y riesgos del cine, la ratificación de algunos de los rasgos anteriormente enunciados. Pero sobre todo, esa otra dimensión humano-familiar del doctor Abad. La profundidad de su huella en su entorno más íntimo, la calidez y riqueza de los debates familiares en torno a su figura y sus opciones, la entereza e inteligencia de doña Cecilia, su esposa, y los sugestivos esbozos del mismo pero diverso esposo-profesor-padre-líder-abuelo-luchador-amigo, dejan claro el perfil no de una sombra cualquiera sino de un ser humano carismático, complejo y cargado de mensajes e interrogantes.

Ahora, 28 años después de su asesinato, muchos años después de haber sido su alumno y compañero de trabajo y de algunas de sus luchas, y habiendo visto, oído y leído mucho sobre él, creo valorarlo mucho más, entenderlo un poco mejor y tener más claras las tareas pendientes. Sigo viendo en mi maestro Héctor Abad Gómez un salubrista de talla universal, un precursor de la promoción de la salud, un visionario de lo que hoy llamamos medicina social y un mártir de la defensa vertical de los derechos humanos. Por supuesto que sigo lamentando que no haya alcanzado a darle mayor desarrollo y solidez a algunos de sus planteamientos más cargados de futuro, como la poliatría y la promoción de la salud, o más polémicos, como el mesoísmo. Me sigue siendo difícil compartir algunas de sus posiciones y aspiraciones políticas. Y sigo también considerando injusto que algunos de los que murieron asesinados por la misma época (sólo de la Universidad de Antioquia fueron asesinados 21 docentes entre 1985 y 2005, uno por año), e inclusive en el mismo lugar y a la misma hora que él —como mi amigo Leonardo Betancur— no merezcan todavía una memoria proporcional y una adecuada presencia en la historia que vamos construyendo y transmitiendo.

Pocos días después de su jubilación en agosto de 1982, le escribí algo propio con ocasión de un homenaje: el sembrador siempre nace. Hoy tengo evidencias de que el doctor Abad sigue naciendo a cada día en su hijo, en sus hijas y nietos, en todos sus alumnos y amigos, en la vigencia de las ideas que cultivó y las causas que defendió, y en las semillas de paz que sembró y que empiezan a germinar. Ojalá él siga naciendo y renazcan también todos los que, como él, sembraron y dieron su vida por lo que creyeron.

* Médico social

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