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Para envejecer mejor

31 de mayo de 2016 - 10:37 p. m.

El mejor conocimiento de las realidades sociales debe servir para transformarlas. Los resultados ya divulgados de la encuesta nacional sobre Salud, Bienestar y Envejecimiento -SABE –a más de trazar un perfil situacional, contienen orientaciones importantes para abordar los problemas de la vejez.

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Reconociendo la riqueza y diversidad de los datos suministrados por la encuesta, quiero llamar hoy la atención sobre las enormes inequidades, en especial las socio-económicas, las urbano-rurales y las de género que, según el estudio, padecen los ancianos/as en Colombia.

No es inequidad, pero llama la atención que el 80% de las 23.694 personas mayores de 60 años entrevistadas resida ya en las ciudades y sólo un 20% en la zona rural.

Pero sí es una gran inequidad que en Colombia sólo uno de cada cuatro ancianos/as reciba una pensión y que para la mitad de los que la reciben, el ingreso sea inferior al salario mínimo. Es aún más inequitativo que el porcentaje de pensionados se reduzca hasta 12% entre los ancianos que viven en el campo, mientras aumenta al 34% para quienes viven en las ciudades. Con el agravante de que el futuro es todavía más sombrío, dadas las presiones que vienen haciendo el sistema financiero internacional y las aseguradoras privadas en el país.

En otros indicadores las inequidades son aún mayores. Mientras el 95% de las ancianas/os que viven en zonas urbanas tienen alcantarillado, sólo el 25% de quienes viven en zonas rurales disponen de este servicio básico. Sólo el 14% de quienes viven en zona rural tienen acceso a todos los servicios higiénicos. Tanto la desnutrición como el nivel educativo, son peores en los ancianos del campo que en los de la ciudad. Y problemas como la dependencia y la reducción de los desplazamientos, son mayores en las ancianas campesinas y más pobres.

Las enfermedades y alteraciones más frecuentes de la salud encontradas en el grupo estudiado fueron: la hipertensión arterial, 61%; síntomas depresivos, 41%; disminución de la agudeza visual, 36%, y de la auditiva, 27%; artritis y artrosis, 26%. Aquí algunas desigualdades se invierten: la depresión, por ejemplo, es mucho más frecuente en los ancianos ricos que en los pobres, y la disminución de la agudeza auditiva es mayor en los ancianos de la ciudad que en los del campo. Me atrevo a señalar también una especie de medicalización de la vida de los ancianos: el 74% de los entrevistados había consultado al médico en el último mes, en especial los de estratos altos. E inclusive una especie de medicamentalización: al 84% les habían prescrito medicamentos en el mismo período.

El estudio nos vuelve a colocar ante algunas de las realidades inevitables del proceso de envejecimiento, como la pérdida progresiva de ciertas funciones, de la memoria, la movilidad y la autonomía. Y ante realidades evitables y muy injustas, como el abandono, la discriminación, la exclusión y la consiguiente soledad de los ancianos/as.

El tema de los cuidadores, más exactamente, de las cuidadoras (84% son mujeres), tiene también luces y sombras. En especial las hijas cumplen un papel importantísimo en el cuidado de las personas mayores, lo hacen con dedicación y cariño, y tienen reconocimiento familiar y social. Pero sólo el 7% de las cuidadoras reciben remuneración por su trabajo, el 85% no cotiza para pensión y la mayoría no tiene formación adecuada. Hay aquí otra deuda social y un campo propicio para la formación de las cuidadoras y la mejoría de la calidad de vida de los ancianos.

Me quedó la impresión de que una mejor interacción cualitativo/cuantitativa, un diálogo más fluido entre los distintos saberes que participaron en la encuesta SABE, y una adecuada aplicación del modelo de determinación social, optimizarían los resultados y facilitarían su aplicación. Que ya no es sólo cuestión académica, sino de respuesta social y acción política inaplazables por la tranquilidad y el buen vivir del grupo cada vez mayor de ancianos y ancianas.

Médico social
 

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