Seamos sinceros, con respecto a Álvaro Uribe Vélez, nunca tendremos justicia. Y lo digo, sin mucha hermenéutica, en el sentido más clásico del término o sea de ese valor moral que dictamina qué estuvo bien y qué mal, restaura lo que se dañó, y castiga y corrige para evitar que las desviaciones a la ley se repitan y dejen de ser la excepción.
En el caso del expresidente, a pesar de que se revelen todas las evidencias, se alleguen las pruebas más contundentes, se consigan los testimonios que verifiquen su culpa más allá de cualquier duda razonable, unos cuantos millones lo considerarán mentira, persecución y hasta complot. O, lo que es peor, una acción innecesaria e injusta para con alguien que nos rescató del infierno y al que le debemos demasiado. Alguien, entonces, por encima de cualquier ley, humana o divina.
De otro lado estamos otros millones, muchos más creo yo, pero no desviemos la discusión hacia una estadística de las mayorías, para quienes Uribe es un criminal, de guerra y de paz, así lo termine absolviendo algún día el Estatuto de Roma, la Corte Interamericana, en Washington, o la Corte celestial en pleno.
Uribe está prejuzgado a favor o en contra, desde el corazón y las vísceras, por emociones, percepciones, simpatías o antipatías. Con él, los argumentos y los raciocinios perdieron pues logró desterrarlos, por relatividad, por caos y confusión. Por eso nunca será juzgado y nunca tendremos justicia, ni siquiera la que pueda terminar haciendo la historia.
Los grandes doctores de la ley lo podrán explicar con palabras más rimbombantes, muchas más citas de pie de página y alusiones a la escolástica, a la escuela italiana y al derecho inglés; yo lo digo en mis palabras y respondo por ellas: el expresidente nos dejó sin justicia, para él, y por extensión para cualquier otro.
Y lo hizo de modo sistemático desde hace una década y media cuando decidió buscarle las debilidades humanas a la Corte Suprema y se puso a espiarla; cuando en voz alta y frente al país le dijo a María del Pilar Hurtado, su exjefe de inteligencia, que se asilara en Panamá porque la justicia aquí no existía; igual con Andrés Felipe Arias, y probablemente con Luis Carlos Restrepo. Lo volvió a hacer cuando aseguró tener pruebas de que Santos había recibido 12 millones de dólares del narcotráfico para su segunda campaña, para luego afirmar que se lo habían contado y terminar admitiendo que no, que parecía que no. Cuando demandó hace ocho años al magistrado Yesid Ramírez por prevaricato, pues este pidió investigar a Tomás Uribe, por el escándalo de las notarías, y hace trece cuando acusó al magistrado Iván Velásquez de “comprar testigos”. Y hace nueve cuando optó por enviar una “terna de uno” a la Corte Suprema para que escogiera al futuro fiscal, el que le cuidaría la espalda tras dejar la presidencia. Y hace seis cuando demandó al senador Iván Cepeda porque estaba sobornando testigos para que declararan en su contra.
Y lo volvió a hacer cuando hace 15 días dijo que iba a renunciar porque se sentía “moralmente impedido” ya que la Corte lo iba a investigar por indicios de que en lo de Cepeda la cosa pudo haber sido al revés, y hace una semana cuando dijo que mejor no renunciaba porque esto era una conspiración de la justicia en la cual estaba participando hasta James Bond. Y sus chicos del CD se inventaron incluso una reunión entre Cepeda y Santos y el incómodo magistrado Barceló, con dirección incluida (carrera 11 A No 90-60), para urdir toda la trama contra el pobre Uribe.
El episodio de estas dos últimas semanas resume la tragedia y el sin salida en el que quedamos tras este experimento de Uribe en la Presidencia y luego en la oposición: para millones, la Corte no puede investigarlo porque lo va a condenar sin oírlo; para otros millones, la Fiscalía tampoco puede hacerlo porque lo va a absolver de antemano. Nos quedamos sin justicia para el expresidente, pues este se la puso de ruana, pero también sin justicia para cualquier otro ciudadano, pues ya ni los de ruana tienen que acatarla. ¿Por qué si es espuria, corrupta, no merece credibilidad, y todos sus fallos son sospechosos?
Esa es una catástrofe de enormes proporciones que se extiende además a todo el debate político y augura unos pésimos tiempos por venir, de agitación, de retaliaciones, de pagar con la misma moneda, de enfurecida resistencia civil. En su esquizofrenia por hacer un país a su medida, por no quedar excluido de los juegos del poder, por tapar y tapar la venalidad propia y la de los suyos, el expresidente envenenó la esfera pública, arrasó todo a su paso, hizo parecer cada cosa como ilegítima y transitoria, y confundió adrede todos los procedimientos y términos, los de la ley, los de la política, los de la gramática. Hoy ya no sabemos cuándo hay justicia y cuándo no; quién es víctima y quién victimario; quién honesto y quién corrupto; quién amigo y quién enemigo.
Una apuesta altísima y peligrosísima esa de intoxicar unas aguas en las que ellos mismos iban a regresar a beber. Desde mañana empezarán a saberlo.