El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

¿Cumbre, o abismo, Transatlántico?

08 de abril de 2019 - 12:00 a. m.

«Ella no podía y yo he tenido que prestarle mi mano; ella lo quería hacer, no lo podía hacer y yo le he prestado mis manos». Con esa frase sencilla y sentida, hace tres días, Ángel Hernández les resumió a los periodistas españoles su convicción de haber ejecutado un acto ético, un acto de amor, al ayudar a morir a su esposa, María José, quien padecía una esclerosis múltiple desde 1989 con parálisis del 82 por ciento de su cuerpo.

PUBLICIDAD

Él sabe que puede ir a prisión porque en España no está permitida la eutanasia, pero el precio de diez años de cárcel (a sus 69) no parece tan alto a cambio de esta serenidad que siente hoy porque, tras cuatro décadas juntos, para ella terminaron treinta años de dolor y degradación.

Y mientras en Madrid Ángel llevaba a cabo ese último gesto de amor, de respeto a la dignidad, en Bogotá se reunía, el jueves y el viernes de la semana pasada, la III Cumbre Transatlántica, promovida por la Red Política por los Valores.

Representantes de 30 países de Europa, África y las Américas se tomaron el Salón Elíptico del Capitolio Nacional para advertir y pedir acciones contra esta crisis global que es, a su modo de ver, la peor que ha visto la civilización. Es cierto, un momento histórico como el actual exige tomar determinaciones. La moral humana tiene que estar muy disminuida cuando un presidente como Donald Trump asegura sin titubeos que el asesinato de un periodista contradictor del régimen saudí, cometido en el consulado árabe en Estambul, puede ser un crimen de Estado pero que Arabia es un “socio firme” que va a invertir “una cantidad récord de dinero” en Estados Unidos, y él no va a poner en riesgo todo eso.

Debe ser un momento crítico para la ética universal cuando una Rusia postcomunista, a manos de un líder con nostalgia de hegemonía y predominio imperial, decide sostener a las malas a dictadores abiertamente sanguinarios, primero en Siria, y ahora en Venezuela, por razones geopolíticas y de vulgar papel moneda, porque ya ni siquiera hay ideología ni doctrina, ni utopía.

Estamos asistiendo, temo yo, al fin del tiempo de la Ilustración, esa filosofía luminosa que nos legó, en unos procesos lentos pero firmes, contratos sociales para apuntalar el ideal de unos derechos, igualdades, garantías, que los regímenes liberales deberían empezar a conquistar y a hacer realidad. Nos quitó la tutela de las religiones y su pensamiento mágico, nos dio la convicción de que la legitimidad de los estados no se logra con el argumento de la fuerza, y que el periodismo debe ser un cuarto poder.

Qué bueno entonces esto de la Cumbre Transatlántica, preocupada por el envilecimiento político y moral y por este tiempo histórico tan oscuro. El único problema, gran problema, es que la reunión de jueves y viernes en el Salón Elíptico no fue para clamar contra un mundo en el cual están empezando a pelechar con vigor los Trump, los Putin, los Bolsonaro, los Erdogan, los Duterte, llevados al poder por millones de ciudadanos que comparten, o prefieren ignorar, que sus jefes de Estado sean machistas, homofóbicos, xenófobos, clasistas y que alimenten sin rubores los prejuicios raciales.

Para la Cruzada Transatlántica, la horrenda crisis de la civilización se da porque en varios países lo que hizo Ángel Hernández ya se puede hacer sin ser perseguido; porque en diversos sitios dos hombres o dos mujeres opten por casarse y considerarse familia; que en distintos lugares del mundo, una mujer pueda elegir si desea ser madre o no serlo. O que un adolescente decida si su género corresponde o no con el que le determinó la biología.

Se reunieron “buscando reivindicar su noción de familia cristiana, moralidad y vida, que, para ellos, está por encima de cualquier derecho y libertad”. Así lo registró El Espectador este viernes. La anfitriona fue María del Rosario Guerra, del Centro Democrático, y obviamente allí estuvo Álvaro Uribe como ponente. También, la diputada Ángela Hernández (qué ironía el juego de nombres con el español). Y estaban invitados el exministro Jaime Mayor Oreja, de la ultraderecha española; el húngaro Zoltán Balog, el exministro que implantó un “test de la homosexualidad” como condición migratoria para entrar a su país, y el brasileño Ricardo Vélez, actual titular de Educación, quien busca entregar el control de las escuelas a la Policía y a los militares y se declara admirador de Pablo Escobar. Entre otras, hoy, 8 de abril, Bolsonaro decide si lo destituye, pero no por su admiración por un monstruo sino porque no ha mostrado resultados.

No ad for you

En otras palabras, una reunión de gente muy cuestionada, de una moral muy dudosa, aunque tengan mayoría en las urnas. Solo quiero detenerme en las declaraciones de otro invitado, el excongresista chileno José Antonio Kast, para quien la ideología de género es más peligrosa que el comunismo. Según él, la izquierda fue muy hábil cuando notó que el modelo socialista iba a caer y decidió inventar al futuro “un conflicto que antes no existía entre hombres y mujeres, negros y blancos, homosexuales y heterosexuales”. De un plumazo, o más bien de un microfonazo, Kast desechó cinco mil años de sojuzgamiento del varón sobre la mujer, igual tiempo de persecución religiosa y social a los homosexuales, y abofeteó a los millones de africanos que fueron arrancados de su geografía para someterlos a la esclavitud desde el siglo XVI y a la segregación hasta hoy.

En fin, que Dios nos coja confesados.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias