Desde hace un tiempo me está agobiando la horrenda sensación de que se están riendo de mí, y de los míos, pero de un modo cada vez más descarado, agresivo, afrentoso, como en una comedia de las equivocaciones en la cual las equivocaciones siempre me perjudican a mí, a los míos. ¿Cómo se sale uno de este circo pobre, de carpa remendada, muy malos chistes, y solo payasos a cargo del show en constante burla del público?
Me volvió a ocurrir el sábado cuando supe que Miguel Nulle reclamó que los bogotanos le debemos 24 mil millones de pesos de una póliza que no se le pagó cuando manejaba con sus primos la construcción de Transmilenio por la calle 26. A ese Nulle le gusta burlarse de nosotros, y a menudo lo logra. Hace un año demandó al Estado por 1,5 billones de pesos por considerarse un perseguido. Y hace dos, ese mismo criminal consiguió abandonar la cárcel y que lo enviaran a su casa, cuando un juez determinó que, por obesidad, intolerancia a los carbohidratos y otras cosas, merecía ese beneficio. Casa por cárcel, por glotón y porque no le gustaba la comida del penal, para un ladrón que nos robó a todos una suma multimillonaria nunca establecida del todo.
La broma más grande en mi contra, sin embargo, la viví el año pasado cuando en unas elecciones me inventaron a la carrera un presidente al capricho y al tamaño de los intereses de una sola persona: un expresidente que aunque no ríe, no sabe hacerlo, nos tomó el pelo durante ocho años desde el poder y otros ocho desde la oposición. Entonces me impusieron de jefe máximo a un gordito sin atributos, inclusive con unos diplomas inexistentes, y con una carrera de solo tres años en el circo, que tampoco era mérito propio. Y fue tan rampante la burla, que hasta montaron una falsa consulta interna y nos hicieron orinar de miedo porque si no ganaba el gordito y triunfaba el otro, el país se volvería inviable.
¿Cómo se puede volver inviable un país que ya es inviable, no en términos económicos, ni siquiera en los políticos, sino en los sociales y no por indicadores de salud, seguridad o educación, sino por acumulación residual de estupidez, de amontonamiento de gente que se asume a sí misma sin ningún autorrespeto; un colectivo de quien se puede burlar cualquier culebrero, cualquier embaucador, cualquier saltimbanqui de feria?
Hoy, del gordito se ríe hasta el analfabeta orangután que ya quebró el circo vecino, y cuya carpa sostienen empuñando las pitas los militares y unos empresarios chinos y rusos. ¡Hasta Maduro, el de los autosuicidios, el del Dios proveerá, el de los panes y los penes, se puede burlar del presidente de Colombia!
También el año pasado, un reducto de gente de esa que se siente tan burlada como yo, logró sacar adelante un referendo contra la corrupción, para llevarlo a cabo el mismo día de los comicios presidenciales. Entonces, de nuevo, aquel expresidente que es un maestro tomándonos el pelo pidió que se pospusiera un par de meses para no interferir con esa elección y prometió el respaldo de su grupo, unos cómicos de reparto, muy malos todos. Y los eternos burlados, de buena fe, accedieron y dos meses después el gran embaucador dijo que ya no lo respaldaba porque costaba mucho dinero. Qué burla enorme, y el referendo se quedó en otra victoria moral de las que nos gustan a los siempre burlados.
Hablando de autosuicidios y de bromas, hace tres años otro presidente se inventó todo un número de vodevil para escoger al Fiscal General por meritocracia, con inscripciones abiertas a cualquier aspirante y pasos y puntajes. Se eligieron ciento cincuenta finalistas (como en un reality) para, a la postre (como en un reality), escoger al que desde un principio sabíamos que iba a ser el ganador, el abogado del hombre más rico del país y socio de Odebrecht. Y tiempo después supimos que ya posesionado ese fiscal seguía haciendo llamadas e indagando para ver en qué se había mencionado a su jefe dentro de las pesquisas por Odebrecht, y que desde siempre supo que hubo sobornos y torcidos. Y entonces se defendió diciendo algo como que un ciudadano no está obligado a denunciar si se entera de algún hecho criminal. Lo dijo. Lo oímos. Y es el fiscal.
Ni vale la pena recordar esa enorme burla que él mismo nos montó en el Congreso en diciembre, con sus cambios de voz, desde el trémolo hasta el suspiro nostálgico, en una conciencia de que el ridículo hace parte del juego, de la broma.
Lo que estos eternos burlones no parecen ver es que hay demasiada rabia en el público, ya no solo en los sindicatos, y en las izquierdas, sino en los intelectuales, los jóvenes, los profesionales, los empleados, las capas medias. Y parecen no ver venir ese momento culminante de la película en el cual, el chico de colegio eternamente matoneado, sometido a escarnio, recoge sus útiles del suelo y se enfila furioso hacia sus burladores, los trompea y los saca corriendo. Y todos aplaudimos desde platea.
Lo malo es que en esta vocación trágica que tenemos de país eternamente pospuesto, eternamente burlado, cabe una posibilidad muy grande de que iniciemos un nuevo sainete, uno al estilo Venezuela. Qué enorme ironía: los que tanto advertían sobre el riesgo de parecernos, nos están llevando directo hacia unos administradores de circo como los que quebraron el circo de al lado.