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La histórica marcha hondureña

22 de octubre de 2018 - 12:00 a. m.

“Desde mediados del siglo se está hablando fuerte del fin del mundo, pero eso es algo que solo sirve para masturbar esa fascinación morbosa que tenemos por el fatalismo y realizar unos cuantos filmes muy malos. Sinceramente, no creo que el mundo se vaya a acabar a causa de asteroides, terremotos, tsunamis o pestes. Lo que sí creo es que en el siglo XXI veremos, o ustedes verán, quizás antes de cincuenta años, un enorme cataclismo social; un cataclismo de proporciones gigantes que cambiará toda la organización actual. Son los pobres contra los ricos… Solo imagina la estampa magnífica de veinte millones de hispanos andrajosos cruzando el río Grande… ¿Quién los podrá detener?”

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Se lo dijo a uno de sus alumnos, en 1988, el profesor Kummer, alemán, último integrante de la escuela de Francfort y discípulo directo de Theodor Adorno.

Lo anterior está incluido en la novela “El hombre que murió la víspera”, publicada en 2011, y lo recordé al ver las imágenes de los tres mil hondureños que partieron de San Pedro Sula e iniciaron su marcha hacia Estados Unidos el pasado 13 de octubre, tras ser convocados por las redes sociales bajo el simple lema de “solo queremos trabajo”. Son desarrapados, oscuros de piel por sus ancestros mayas, condenados anímicamente a la periferia y a la cortedad de ambiciones y aspiraciones, subalimentados, hambrientos. Indiada marginal latinoamericana.

La semana pasada trasegaron Guatemala, adonde los acogieron en albergues, y el pasado viernes cruzaron el río Suchiate, con lo cual ingresaron a México. Siguen firmes en su objetivo de llegar a Estados Unidos, en una aventura que puede terminar muy mal, quizás en tragedia, porque representan un desafío hasta ahora nunca planteado de modo frontal, y masivamente, a la gran potencia mundial.

Se trata de un hito revolucionario, con una aplastante fuerza moral porque sugiere un reclamo, una nueva conciencia, no expresada en palabras pero evidente, de que el destino de los pobres debe ser un asunto que preocupe a los países ricos; que es un derecho traspasar fronteras, y saltar muros, y clamar por oportunidades, si se tiene hambre, si los pechos están resecos por desnutrición y no hay con qué amamantar a los hijos.

Porque, además, no pretende cruzar el último borde de noche, ni de forma clandestina, ni de modo subrepticio por trochas, sino a la luz del día y colectivamente. La reacción de Trump ha sido, como siempre, energúmena, vociferante, con amenaza de retaliaciones a México si no los detiene. Con la promesa de militarizar su frontera sur y detenerlos a como dé lugar.

¿Se atreverá a abrir fuego sobre una masa de hombres, mujeres y niños inermes? Es una incógnita enorme porque hay pruebas suficientes de su visión racista del mundo, de su chauvinismo americanista y su supremacismo blanco que trató de matizar en estos dos primeros años de Gobierno, pero que ya no pudo esconder más tras las marchas de nazis y del Ku klux Klan en Charloteville (Virginia), en 2017, cuando culpabilizó también a los antirracistas y a los defensores de derechos humanos por la violencia resultante.

Abrir fuego sería un crimen de lesa humanidad; un escándalo de proporciones mayúsculas y repercusiones mundiales, muy cerca de las elecciones del 6 de noviembre que definirán si cambia la composición en el Congreso gringo y los demócratas recuperan terrenos perdidos.

Pero permitir el ingreso de la horda centroamericana también tendría unas consecuencias imprevisibles no solo para el gobierno de Trump y para el esquema migratorio de ese país sino para el statu quo que ha mantenido por un siglo de relación fronteriza con América Latina, siempre mirando de soslayo, de forma suspicaz a los vecinos del sur, pero en la profunda convicción de que esos hombres y mujeres mestizos son un engranaje clave en los distintos circuitos de su economía, en una permisividad callada y encubierta con la ilegalidad.

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En un siglo han logrado una línea media de frenar migraciones masivas y tumultuarias, a la luz del sol, y a la vez mostrarse severos en los intentos individuales o de pequeños grupos de entrar de modo furtivo por los desiertos y los descampados, pero más de una vez haciéndose los de la vista gorda ante esas incursiones sistemáticas. Y todos los días, a todas horas, cientos de latinoamericanos logran colarse, con lo cual la migración ha terminado siendo más que multitudinaria.

Dejar entrar a los hondureños rompería todos esos complejos equilibrios, y abriría una grieta, como las de los diques, para que en un mes sean tres mil salvadoreños más los que emprendan una marcha hacia el norte, y en dos meses, cinco mil guatemaltecos, y en medio año, diez mil colombianos, en una sumatoria imparable hasta llegar a los veinte millones que preveía el profesor Kummer.

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Esta marcha, como otras de la historia nacidas en la dignidad y la fuerza moral, puede ser un punto de quiebre en esa relación siempre titubeante, trágicamente cercana pero nunca feliz, plagada de resquemores, de prevenciones y prejuicios entre las dos américas. La de ellos y la nuestra.

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