Somos acomplejados y le tenemos miedo al triunfo. Así quedó demostrado otra vez en este Mundial que termina el domingo. Y ese carácter mediocre no solo se confirmó adentro de la cancha sino también afuera de ella, y hasta en las redes sociales.
Esa mentalidad de sentirnos menos, poca cosa, tuvo su primer indicio en las tribunas cuando unos “chicos bien” introdujeron trago al estadio en unos falsos binóculos. El episodio es excepcional por su capacidad sintética para reflejar lo que somos, y mostrarnos en treinta segundos esa naturaleza torcida para la que parecemos programados, y que incluso convertimos en un valor de la cultura y en una forma, si no ideal sí funcional, de ser colombiano. Y es sobre todo muy revelador por la espontaneidad de colgarlo en la red sin la mínima conciencia de haber hecho nada malo, infringido un código de conducta y burlado la fe pública en otro país. Al contrario, fue un acto de “ingenio paisa” digno de ser propagado en el ciberespacio.
Un pueblo que se construye sobre el fraude, sobre el atajo a la ley, y la “viveza” en el fondo es uno que poco confía en sí mismo, en su devenir, en sus posibilidades, y construye su evolución no en el desarrollo de unos procesos limpios sino en los golpes de astucia, o de suerte. O de fuerza.
Y para darle el giro completo a la tuerca, las reacciones ante “el ingenio paisa” se movieron casi todas hacia el “qué pensarán de nosotros”, “qué vergüenza como nos ve el mundo” y del “no todos somos así”. Una sociedad que se preocupa tanto por el “qué dirán” siempre dejará en manos ajenas la construcción de su propia identidad, de sus valoraciones y prioridades. En lo personal, me preocupa lo que piensen afuera pero por otras cosas, como que en año y medio de acuerdo de paz han matado a 311 líderes sociales, o que el fiscal anticorrupción terminó extraditado a Estados Unidos, por corrupto, el año pasado, o porque hace tres semanas elegimos a un presidente sin más credenciales, ni oficio, ni discurso, que un aval de un expresidente, muy oscuro por cierto. Eso sí me apena y me obliga a echar mano de esa mala disculpa de que “no todos somos así”.
En lo personal, me preocupa más cómo nos vemos a nosotros desde adentro, o cómo no nos vemos, cómo hemos vuelto transparente el dolor, el hambre, la violencia, las víctimas, que solo se hacen visibles si tienen la posibilidad de ser instrumentalizadas por la política, pero no para construir conciencia sino para asustar.
Pero hablemos del acomplejamiento en la cancha de fútbol. Viendo anteayer el partido de Inglaterra-Suecia que envió a los ingleses a semifinales no puedo dejar de sentir una rabia intensa al pensar que ahí podríamos estar nosotros. Sí hubieran querido; si hubieran arriesgado, pues había equipo y había individualidades. Quedó demostrado en el juego memorable contra Polonia. En los otros, primó el viejo libreto del complot en nuestra contra (qué mal árbitro el que nos correspondió contra Inglaterra), o el de la mala suerte (cómo es que expulsan a Sánchez en el minuto tres contra Japón, o cómo se fue a lesionar James contra Senegal).
¿Qué hubo en el juego contra los polacos que no hubo en el resto?: la respuesta es simple y es entidad; ganas de ganar; cero miedo o miedo razonable. Fe en sí mismos. Convicción y orgullo. Siempre se critica en el fútbol aquello de que se pierde por considerar inferior al enemigo; yo creo lo contrario y lo valido con Colombia: perdemos por una conciencia de inferioridad anticipada y que nos viene incluso desde la genética. Eso fue más claro que nunca contra Inglaterra.
Nunca he pretendido jugar a ser técnico, como tantos amigos míos, y de arriesgar nóminas ideales o cambios para torcer el rumbo de un juego, porque nunca he entendido el fútbol como una estrategia sino como un deseo. Como la vida, que es básicamente deseo y se enreda con las estrategias. No obstante, desde mi sofá frente al televisor yo sentí, creo que por primera vez en la vida, que había un equipo enorme en la cancha con un entrenador con más miedo de triunfo que ellos. Y no solo los contagió sino que les ordenó ser timoratos. Y no era colombiano.
Para la historia, esas imágenes de Pékerman tapándose la cara con sus dedos huesudos y con la cabeza agachada, mientras la selección nos sometía a la tortura de los penaltis contra los ingleses. Al principio me conmovió ese abuelo nervioso, pero luego lo sentí como el verdugo patético de mis ilusiones. Es que el fútbol es lo más importante dentro de las cosas menos importantes, como decía Valdano. Y lo es más, mucho más, cuando todo el resto parece venir derrumbándose.
Por todo esto, lo de Colombia en Rusia fue un fracaso; un momento único desperdiciado; una reedición de la misma novela de un pueblo muerto del miedo a ganar; uno acomplejado y con poca fe en sí mismo. No son mis héroes, muchachos, ni hubiera salido a vitorearlos en su arribo el martes pasado. Uno no celebra las desilusiones.